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domingo, 7 de octubre de 2012

{Serie} Blue Moon - Prólogo



Blue Moon - Prólogo

           

El sol caía lentamente, sin prisa pero sin pausa, como llevaba sucediendo desde que el mundo era mundo. Aquella noche, sin embargo, era especial. Era la segunda luna llena del mes con todo lo que eso significaba. No era algo que sucediera a menudo, pero tampoco un hecho tan extraño como algunas personas podían pensar. A esa segunda luna llena se la conocía como “Luna Azul”, una luna en la que todo podía ser posible. Una Luna que algunos consideraban peligrosa porque aumentaba, de manera significativa, la violencia en la calle, los ataques de locura, los problemas de todo tipo que hacían que la sociedad pudiera llegar a terminar mal, muy mal. No se sabía la razón y los escépticos decían que era algo sin ninguna base científica, que no había nada diferente esa noche y que lo que sucedía era que se dejaban influenciar por la publicidad negativa que ese día tenía para muchos.

            En cambio había una parte de los habitantes de aquella ciudad que sabían que era real, demasiado real. Los influjos de la Luna afectaba de manera especial a determinadas personas. Mientras que para el resto de la sociedad no era más que algo anecdótico, quizá un comentario en broma en el lugar de trabajo, para otros era una realidad que había que tomar en cuenta y temer. Era una Luna de Invierno, no demasiado poderosa, pero sin embargo lo suficiente como para hacer que se tomaran en cuenta una serie de restricciones que no podían pasar por alto. El mantenerse dentro de sus hogares y no salir era uno de ellos. Estaban preparados para mantenerse a salvo, para alejar de la mejor manera posible la tentación que era la Luna para ellos.

            Lentamente la oscuridad comenzó a tomar el control de la ciudad. Las luces eléctricas hicieron acto de presencia mientras el Sol se alejaba, llevándose con él la seguridad de las horas diurnas. Ciegos a lo que sucedía a su alrededor, los humanos buscaban de manera instintiva la seguridad de sus hogares. Las sombras se habían relacionado con sus peores miedos, con sus peores pesadillas, como si de alguna manera supieran que no estaban solos cuando caía la Noche. Era un miedo instintivo a lo que no se podía ver ni entender, un miedo que había hecho que se formaran leyendas que intentaban advertir de que había monstruos que podían aparecer debajo de la cama o en el armario, que había seres sedientos de sangre que salían para satisfacer sus necesidades o seres mitad humanos mitad bestias que con la luz de la Luna Llena mostraban su verdadero rostro, destrozando a todo aquel que se pusiera en su camino. Leyendas que prevenían que era inseguro caminar a partir de determinadas horas y que la Luna Llena no era solo un espectáculo para ver por la noche, sino que traía consecuencias.

            Sin embargo, aquellas advertencias parecía que habían quedado en saco roto en una sociedad como era la de principios del siglo XXI. Las nuevas tecnologías habían hecho que pasear por la noche se pudiera hacer con la misma claridad que se hacía a la luz del día. La electricidad había sido una baza para vencer esos miedos endémicos. ¿Qué había que temer cuando la luz iluminaba cada uno de los rincones de la ciudad haciendo que pareciera que se estaba en pleno día? ¿Por qué preocuparse por seres que sólo habitaban en la fantasía de los más ancianos? Era una verdadera estupidez y la gente más joven hacía tiempo que se había olvidado de las advertencias de los mayores. Habían adoptado como algo normal que eran simple fantasía. La literatura, la música, el cine, habían sido los causantes de este descreimiento que hacía que se olvidaran de todo lo que habían enseñado.

            —Estúpidos, estúpidos humanos. —susurró el hombre mientras se apoyaba en la barandilla de su ático de lujo en uno de los lugares más céntricos de Seúl mientras observaba cómo se movían bajo su mirada. como si fueran pequeñas hormigas que podía aplastar con su pie si así lo deseaba.

            “¿Realmente creías que solo eran sueños o pesadillas provocadas por mentes demasiado fantasiosas? Error. Un error que puede llegar a ser fatal. Mira de nuevo, observa una vez más a tu alrededor, fíjate en cada uno de los detalles que te puede dar una pequeña pista de lo que en realidad está sucediendo. ¿Ves a ese hombre demasiado pálido de allí? ¿O aquel que en su mirada refleja algo más que simple pasión? ¿Qué me dices de aquella mujer que siempre tiene suerte, pase lo que pase, como si estuviera tocada por los hados? Oh, vamos, no seas tan ciego como el resto de los humanos y sé capaz de mirar más allá de una realidad que está rompiéndose a pedazos a cada segundo que pasa”.

            —Al menos algunas veces dicen cosas con un poco de sentido. —comentó para sí con clara ironía el hombre girándose para cambiar el canal de la radio que estaba escuchando. Pronto la música clásica se comenzó a escuchar en los rincones de aquel lugar.—Aunque sean simples desvaríos de un pobre loco de una cadena de prensa amarilla. ¿Quién te va a tomar en serio? —se burló del locutor como si este fuera capaz de escucharlo.

            Alzó entonces el rostro hacia esa luna que comenzaba a alzarse en el cielo nocturno y una pequeña sonrisa curvó sus carnosos labios rojizos que contrastaban con total claridad con la tez demasiado pálida, demasiado perfecta para ser humana. Luna Azul. El momento perfecto, la noche en la que todo el mundo parecía que había perdido la cordura. La policía y el hospital estarían tan ocupados aquella noche que sentirían que todo se les iba encima. Y sabía que iban a tener más de un caso “sin resolver” por falta de pistas, por imposibilidad de hechos, porque era prácticamente una locura lo que las pistas decían, imposible de conciliar con lo que la lógica dictaba.

            Oh, bendita racionalidad que impedía que vieran lo que había más allá de sus propias narices y de sus consideraciones. Era tan fácil que a veces resultaba extremadamente aburrido. ¿Dónde estaban esos humanos de hacía siglos que intuían lo que pasaban y sabían que tenían que tener cuidado cuando salían por la noche? Se habían esfumado. Cada vez eran más los que se mofaban de los conocimientos antiguos, los que consideraban que su existencia no era más que fantasías estúpidas para asustar. No estaba muy seguro si aquello era algo que le gustaba o que le jodía, golpeando directamente a su ego. Y de eso tenía mucho.

            La noche se presentaba delante de él como un regalo que estaba dispuesto a disfrutar, a tomarla con sus manos y exprimirla sacándole todo el jugo que pudiera. Quizá hasta de manera literal. Una nueva sonrisa se deslizó por sus labios, pero no llegó a iluminar esos ojos rasgados y oscuros que miraban con demasiada frialdad a su alrededor. Sí, aquella noche era perfecta para hacer todo aquello que no hacía de forma habitual por miedo a las represalias. ¿Había dicho miedo? En realidad esa era la excusa que ponía; la realidad era que después había que limpiar demasiado y él no estaba dispuesto a ensuciarse las manos en aquellos asuntos tan mundanos.

Sin más, se internó en el interior del apartamento y salió del lugar dejando tras de él el sonido de la música que se encontraba en el hilo musical y que no se había molestado siquiera en apagar.

martes, 18 de septiembre de 2012

{OneShot} Guilty Intention




Título: Guilty Intention
Personajes/Pareja: Yunho, Jaejoong. YunJae.
Rating: +18.
Género: Romance.
Resumen: Yunho se despertó con las muñecas atadas y sin poder moverse, sus ojos vendados impedían ver dónde se encontraba o por qué. ¿Qué era lo que estaba sucediendo?
Disclaimer: Por mucho que me gustaría lo contrario, se pertenecen a ellos mismos.


  Se movió intentando soltarse, pero no lo consiguió. Podía notar cómo sus muñecas se encontraban sujetas tras su espalda aunque de forma individual facilitando de esa manera que la postura fuera “natural”, todo lo natural que podía ser en esa situación. Sus ojos cubiertos le impedían ver lo que sucedía a su alrededor, cegados por una venda que de forma suave se sujetaba tras su nuca con firmeza. No sabía qué estaba sucediendo, sólo que se encontraba ligeramente mareado y que la cabeza le dolía como si hubiera tenido una mala resaca. Una muy mala resaca. Intentó recordar qué era lo que había estado haciendo antes de despertar de esa manera, pero lo cierto es que su mente se negaba a cooperar.

 Pequeños retazos de la noche anterior llegaron entonces, momentos en los que se podía ver a él mismo sentado tras el escritorio en su casa, con un montón de papeles delante de él mientras intentaba concentrarse en la última canción que estaba componiendo. ¿Qué hora era? No estaba seguro, no tenía hambre, ni siquiera sed. Una vez más se movió y le sorprendió ver que no había ruido de grilletes y que si movía las muñecas la sensación era suave, incluso cálida. Sin embargo, lo que fuera que le estuviera sujetando no estaba lo suficientemente suelto como para librarse de ello. Eso hizo que en un ataque de furia intentara soltarse una vez más, moviendo los brazos con fuerza y flexionando las muñecas en un intento inútil.

Buscó, entonces, analizar el lugar en el que se encontraba. Estaba sentado sobre un lugar cómodo, si se echaba ligeramente hacia atrás podía notar un respaldo por lo que estaba claro que era un sofá. ¿Qué tipo de secuestradores le iban a sentar en un sofá? Se quedó por un momento quieto, intentando escuchar algo pero no había ningún tipo de sonido que le indicara que hubiera alguien cerca. Un momento, ¿en qué instante había pensado en secuestradores? En el mismo momento en el que se había despertado sin poder poder ver absolutamente nada de lo que había a su alrededor. Sin embargo, ¿qué tipo de secuestradores le iban a sentar en un lugar cómodo?

Las pocas veces que se había imaginado algo así, aunque lo cierto es que no tenía demasiado tiempo para pensar en locuras como esas, lo había hecho con él mismo en algún tipo de sótano o, quizá, encima de una cama o en una silla de mala muerte, pero no en un sofá que debía reconocer que no era para nada incómodo y que no se estaba nada mal. Hizo entonces la prueba de levantarse, pero no pudo. Estaba claro que los extremos de aquello que le sujetaba por la muñeca estaba atado a su vez a algo más que impedía que pudiera moverse con facilidad. Gruñó ligeramente dolorido puesto que por muy suaves que fueran sus ataduras, lo cierto es que con el tirón habían conseguido clavarse en su piel.

Se sentía incómodo, como si alguien estuviera observando cada uno de sus movimientos. Como si hubiera alguien más allí que no podía ver, que ni siquiera podía sentir en realidad. Era su instinto el que le decía que estuviera alerta, que no bajara la guardia, que en cualquier momento podía suceder algo que le pusiera en peligro. Era esa parte animal que todo hombre tenía el que provocaba que el miedo no le embargara del todo y se mantuviera lo más firme posible. Había aprendido a lidiar con casi todas las situaciones posibles, podía conseguir salir de allí si se lo proponía. Fuera el que fuera el que le había llevado hasta ese estado tendría que entrar en esa habitación porque dudaba que se hubieran tomado tantas molestias para dejarlo ahí. No gritaría, ni pediría clemencia, había visto en más de una serie de televisión que era eso precisamente lo que más podía poner a psicópata: ver que tenía el control de la otra persona por completo. Su orgullo le impedía por sobre todas las cosas flaquear.

A su mente le volvieron a llegar más imágenes inconexas. Una llamada de teléfono, un nombre que no consiguió ver, una conversación que le había hecho levantarse de su escritorio y salir del apartamento que compartía con Changmin a altas horas de la noche. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? porque no recordaba absolutamente nada más. Era como si su mente hubiera de nuevo decidido desconectarse e impedir que los recuerdos invadieran su memoria. Un escalofrío le recorrió de arriba abajo. Volvió a hacer presión intentando soltarse sin importarle el dolor repentino en sus muñecas, la sensación de que se clavaban. Los músculos de sus brazos se tensaron mientras que se movía hacia delante ahogando un grito que pugnaba por salir de sus labios. Un grito de pura rabia por sentirse en esa situación.

Odiaba no tener el control. No tener el control de sus actos, no tener la sensación de que podía ir y venir. Odiaba sentir que era otra persona la que le estaba dominando, fuera quien fuera. Odiaba no poder terminar con aquello. Odiaba que incluso el sonido de su respiración fuera demasiado fuerte para sus oídos y que el corazón le latiera tan rápido que estaba seguro de que se le iba a salir del pecho. Odiaba saber que estaba asustado, demasiado asustado, tanto que en cualquier momento podría romper con todas sus convinciones y ponerse a gritar para que se le escuchara, a suplicar para que le dejaran salir de allí como si de un niño pequeño se tratara. No lo era, no era alguien débil y no pensaba dejarse doblegar.

Jamás, por nadie, lo haría.

Entonces lo escuchó. Fue el pequeño crujido de una puerta que se abría de forma suave como quien busca salir o entrar en un lugar sin que se dieran cuenta, como el niño que se levanta por las noches para buscar un caramelo o quizá la noche de Navidad buscando cazar a Papa Noel poniendo sus regalos. Aunque en esos momentos la mente de Yunho iba más por otros derroteros. Las similitudes se relacionaban más con ladrones que entraban en casas ajenas para robar e incluso matar si las cosas se ponían feas. Su rostro se giró como si fuera un resorte hacia el sonido, sabiendo que todo su cuerpo se había tensado como la cuerda de un arco antes de que la flecha fuera lanzada. Después llegaron los pasos. Livianos, apenas audibles, que le indicaron que el suelo no estaba desnudo y que seguramente habría una alfombra o quizá que la otra persona no llevaba zapatos.

La tensión aumentó cuando pudo sentir esa otra presencia en la habitación detenida justo a su lado, sin tocarlo. ¿A qué estaba esperando? Ni siquiera había hablado, sólo podía sentir la mirada. Era algo pesado, que provocaba un cosquilleo en la base de su nuca y que provocó que se moviera de forma incómoda en el asiento. Los pasos se habían detenido hacía por lo menos varios minutos o esa era la sensación que le daba a él. Odiaba sentirse de aquella manera; tan indefenso que cualquiera podría hacer con él absolutamente lo que quisiera. Esa incomodidad que provocaba que sus muñecas se moviera de forma apenas perceptible una y otra y otra vez buscando la forma de soltarse de los amarres. Esa sensación de angustia en el estómago que aumentaba con cada instante que pasaba.

Sobre todas las cosas odiaba esa venda que cubría sus ojos y no le permitía ver el rostro de aquel que le tenía cautivo. Entonces lo sintió. Sintió cómo la otra persona se movía para deslizarse hacia atrás del asiento en el que se encontraba. Su espalda no tocaba el respaldo puesto que se encontraba en el borde del asiento, como si de esa manera pudiera salir corriendo del lugar en el que se encontraba. Dispuesto a encontrar la mínima oportunidad para escapar de allí. Una postura que quizá podía ser considerada incómoda, pero no estaba dispuesto a mostrar sumisión, no estaba dispuesto a dejarse vencer ni siquiera cuando estaba en tan pobres condiciones.

Se arrepintió de no tener la espalda apoyada en el respaldo en el momento en el que la primera caricia llegó, deslizándose lentamente por encima de la ropa que llevaba, bajando de forma insinuante hasta detenerse en su cintura apenas unos segundos. Su cuerpo se movió hacia delante intentando separarse, pero lo cierto es que no pudo, solo se hizo más daño en unas muñecas que ya estaban doloridas. Al menos habían tenido la decencia de no desnudarlo. Ese pensamiento llegó de manera repentina y se estremeció solo de pensarlo. Un estremecimiento que fue malentendido por la otra persona y que provocó que fuera todavía más atrevida.

Yunho pudo sentir entonces unos dedos largos entrelazarse en su nuca lo que le enfureció buscando apartarse de lo que fuera que llegara a continuación, pero no lo consiguió. Sus labios fueron tomados sin delicadeza. Su cabeza sujeta para que no pudiera moverse hacia atrás, inmovilizando a pesar de sus esfuerzos para evitarlo. Luchó contra ellos, arremetió buscando morderlos, cerró los suyos con firmeza cuando intentaron devorarlo de forma más íntima, su cuerpo se tensó una vez más, buscando alejarse... hasta que de repente se dejó llevar. A su cerebro le llegó una señal, una señal de que algo no estaba bien, de que no era razonable el luchar en esas circunstancias, que debería ceder para después plantar una batalla mucho más dura. No había perdido la guerra, únicamente una batalla.

Respondió entonces a ese beso. Un beso que pronto se deslizó de sus labios para bajar hasta su mentor donde su captor dejó un pequeño mordisco que envió miles de sensaciones a todo su cuerpo. Seguía inmovilizado y pronto lo estuvo más cuando sintió ese otro cuerpo que se movía hasta acomodarse encima suyo, a horcajadas puesto que sentía las piernas a ambas partes de sus caderas. Un golpe hizo que se moviera hacia atrás hasta que su espalda quedó por completo pegada al respaldo y él medio recostado por la postura que había tenido hasta ese momento. Su cuerpo se tensó de nuevo y sus brazos se movieron en un intento de llegar hasta ese otro que se pegaba por completo al suyo mientras sentía una estela de besos deslizarse por su garganta. Besos y mordiscos que humedecían su piel y la dañaban a su paso.

Un olor llegó entonces hasta su nariz, un olor que provocó que todo su cuerpo se volviera a estremecer una vez más. Sintió un mordisco quizá más fuerte de lo debido que provocó un gemido que se escapó sin poder ser controlado de sus labios. Un gemido en el que se concentraba la frustración y... algo más. Una vez más los brazos se movieron intentando desatarse y una vez más las ligaduras se clavaron en sus muñecas recordándole que estaba por completo indefenso frente al otro, que era alguien que no tenía voluntad para moverse. Lo que fuera que estuviera haciendo en su clavícula le estaba matando. Había apartado la ropa y podía sentir cómo esos labios que antes habían capturado los suyos, ahora tanteaban el pulso en ese lugar donde éste galopaba frenético. Sintió su lengua presionando, los dientes rozando de forma lenta toda su piel.

Sintió cómo su cuerpo le traicionaba y claudicaba ante esas caricias que marcaban su piel y que tocaban su alma. Las manos ajenas, libres a diferencia de las suyas, bajaron la cremallera de la cazadora de cuero que llevaba y lo pudo escuchar con total claridad. Se revolvió entonces intentando soltarse, buscando alejarse y haciendo todo lo contrario porque lo que hizo fue hacer que ese otro cuerpo se moviera todavía más contra él, que el roce se profundizara, que el calor que le invadía estallara como si estuviera en algún tipo de hoguera que no parecía tener fin.

Llegó entonces la risa, una risa que hizo que maldijera en voz baja sin poder contenerse. Y esta aumentó sin amilanarse, sin apagarse, inundando por completo todo su cuerpo y dejando una extraña sensación detrás. Las pocas barreras que aún se mantenían alzadas desaparecieron por completo. Pudo sentir cómo de forma juguetona rozaban la comisura de sus labios, lamiendo ese lunar que tenía en el superior apartándose cuando él se movía hacia delante, al tiempo que unos dedos ágiles comenzaban a desabrochar el primer botón de la camisa que llevaba. Un pequeño jadeo se escapó de sus labios al notar cómo las manos ajenas bajaban sobre la ropa por su torso sujetándolo cuando él intentó moverse hacia delante.

—No.

Y gimió ligeramente ante esa negativa, ante esos labios que se separaban de su boca para volver a bajar por su cuello una vez más. Estaba siendo torturado y lo sabía. Cada caricia provocaba miles de llamas que se deslizaban por todo su cuerpo. Cada beso humedecía esa piel que anhelaba el contacto en el mismo instante en que se alejaba. Necesitaba más, deseaba más. El aire de la habitación se le antojó frío mientras que los botones seguían desatándose estremeciéndose con cada mordisco, con cada roce, con cada momento en el que la lengua ajena viajaba por su piel en un viaje descendente. No estuvo seguro cuando sus piernas se abrieron para permitir que la persona que le había atado quedara entre sus piernas ni tampoco el momento exacto en el que su cuello se arqueó hacia atrás.

Sentía cómo se sujetaba a sus caderas instantes antes de que en un movimiento brusco la camisa saliera del borde del pantalón y fuera abierta por completo. Escuchó una aspiración más fuerte y cómo la tortura volvió de nuevo en el instante que esa boca del infierno comenzó a marcar caminos de saliva por todo su abdomen, deslizándose por su piel en espirales que llegaron a su ombligo y que hicieron que todo su cuerpo se tensara cuando sintió un ligero mordisco que mandó una vez más miles de sensaciones diferentes a sus terminaciones nerviosas.

Todo su cuerpo estaba pendiente a cada nueva caricia. Era como si de repente, ante la privación de la vista, el tacto se hubiera convertido en el sentido dominante. Todo le parecía que era más intenso, desde su respiración hasta la ajena, desde el olor que desprendía hasta el contacto de sus manos que parecía que ardían sobre su piel o quizá fuera él. Quizá en realidad fuera su cuerpo el que en ese momento estaba en llamas. Se sentía febril, como si de repente tuviera fiebre, una fiebre que le devoraba por completo y le hacía delirar porque lo que deseaba es que siguiera hacia abajo, que siguiera tocando y no se quedara únicamente en la piel de su abdomen.

Se volvió a mover entonces, intentando deshacerse de esas molestas ataduras que no le dejaban llegar hasta el otro cuerpo. No sabía muy bien en qué momento habían cambiado las prioridades. Ya no quería huir, sino que quería soltarse para poder alcanzar la otra piel, aquella que todavía tenía demasiada ropa. Para su desesperación en vez de bajar, subió de nuevo hasta sus labios impidiendo que hablara. No había delicadeza en ese beso, sino una lucha de voluntades. Por muy atado que estuviera, por muy indefenso que pudiera parecer que estaba, Yunho no dejaría que el otro lo supiera. Sin embargo, había algo de desesperación que hizo que el otro sonriera de medio lado pudiendo notarlo en sus propios labios mientras colaba una mano entre los dos cuerpo que volvían a estar demasiado pegados, dejando que sus dedos acariciaran lentamente el borde del pantalón sin ir más allá. El recorrido se mantuvo por el borde de estos, por la cintura, de ida y vuelta, quizá introduciéndose apenas en la ropa pero nunca bajando más allá.

—Dilo... Yunho... dilo. —susurró entonces, mordisqueando su mentón de forma lenta mientras se dirigía hacia su oreja acariciando con su respiración la piel humedecida y provocando un nuevo escalofrío. —Di las palabras mágicas.

Voz seductora que crispó todavía más sus nervios y que hizo que una vez más intentara soltarse. Su respiración se agitó, un gemido que se escapó en mitad de un jadeo mientras que notaba ese otro cuerpo que volvía a estar de nuevo a horcajadas en su regazo, moviéndose de forma insinuante y haciendo que se rozaran una vez más. Sintió entonces un pequeño mordisco en el lóbulo de su oreja provocando que todo su cuerpo se estremeciera al tiempo que sentía ese aliento cálido bajar por su cuello de forma lenta sin llegar a rozarlo.

—Solo necesitas tres palabras... —de nuevo esa voz, esta vez un poco más lejana y amortiguada debido a que se encontraba recorriendo una vez más la piel de ese punto en el que cuello y hombro se unían. —Hazlo... y conseguirás lo que estás deseando.

Un gemido fue toda la respuesta que obtuvo en ese momento. Yunho estaba demasiado concentrado en sentir, tanto que se le había olvidado lo que era pensar y hablar parecía que era algo lejano que había aprendido, pero que en ese momento no sabía cómo utilizar. Le molestaban esas ataduras que no le dejaban moverse por lo que hizo fue alzar las caderas en un golpe seco que provocó que se alzara del sofá y junto con él el otro cuerpo que se encontraba pegado al suyo, provocando una nueva risa divertida que acarició la piel de su pecho a la altura del corazón, allí donde esos labios comenzaban a torturar ese botón rosáceo que se encontraba demasiado sensible, terriblemente sensible.

Un rastro de dolor que desapareció pronto convertido en placer cuando los dientes mancillaron la piel tan sensible, introduciéndola entre sus labios, soplando después. Las caricias aumentaron la intensidad y hubo por fin un roce en esa zona en la que todo su deseo se podía notar. Estaba tan endurecido que el pantalón molestaba, que la ropa tiraba. Deseaba liberarse. Un nuevo roce que estaba a punto de llevarle a la locura, de precipitarle por completo al abismo en el que poco a poco, de forma lenta pero continua, le estaba llevando.

—Hazlo...

Y no pudo más, su orgullo quedó olvidado en ese momento.

—Por favor... —sus labios fueron callados durante un instante por los ajenos, un beso rápido, un pequeño aleteo que fue más un roce que otra cosa y pudo imaginarse ese rostro pegado al suyo, esos ojos oscuros mirándole con intensidad. —-... JaeJoong...

Sus respiraciones entrelazadas de la misma manera que estaban sus cuerpos. Respirando el mismo aire, sintiendo cómo sus cuerpos se pegaban todavía más. JaeJoong sonrió brevemente sobre los labios de Yunho, dejando un pequeño mordisco en su mentón haciendo que el otro hombre se estremeciera de nuevo. Amaba esos pequeños temblores que le recorrían de arriba abajo, sobre todo porque sabía que era él el único capaz de provocarlos.

—-Estabas tardando en hacerlo, ya pensé que no querías seguir jugando. —susurró sabiendo que él le podría escuchar perfectamente e impregnando a su voz ese oscuro magnetismo que salía sin darse cuenta.

Por fin su zurda se entretuvo en desatar el cinturón del otro, sintiendo la piel de su cuerpo cuando introdujo la mano por debajo de su cuerpo y alcanzó esa parte del hombre que tenía debajo de él y que se encontraba completamente endurecida... por él. Sabía el momento exacto en el que Yunho había claudicado, el momento en el que se había rendido y había adivinado quién era el que le tenía atado, dispuesto para satisfacer todos sus deseos si se lo proponía. Deslizó sus dedos hacia abajo, acariciando toda la longitud hasta llegar a la base y volvió entonces a subir de nuevo notando molesta la ropa que todavía llevaba puesta y que no le dejaba maniobrar con tranquilidad.

—Necesito tocarte. —-el ruego llegó hasta sus oídos y alzó el rostro para mirarle a los ojos que se encontraban todavía cubiertos, dejando olvidado el torso que tenía delante de él y por el que había pasado sus labios mil veces, notando el sabor salado y tan característico que solo Yunho podía tener. —Suéltame.

Vió cómo los brazos de él se tensaban y una pequeña sonrisa apareció en sus labios, una sonrisa cargada de malicia a pesar de que no pudiera verlo. Adoraba ver cómo los músculos se tensaban, se contraían y se relajaban. Cómo podía notarlos bajo las palmas de sus brazos y cómo se movían ante su atenta mirada. Se notaba que había estado ocupado practicando las nuevas coreografías de ese álbum que saldría en unos días. Siempre le había maravillado la forma en la que todo su cuerpo se endurecía, la forma en la que bajo esa piel de satén, tan suave al tacto, había puro acero de músculos.

—Oh, no, hoy soy yo quien va a divertirse contigo Yunho.
—Entonces date prisa... quiero sentirte, maldita sea, quiero sentirte ahora.

Chasqueó la lengua ante la orden y apretó un poco más su mano alrededor de su excitación, lo justo para darle una advertencia mientras que sus dientes se hundían en su hombro sin molestarse por la marca que seguramente tendría al día siguiente, antes de depositar un tierno beso en el mismo lugar que había herido solo hacía un instante.

—¿Acaso no lo entiendes todavía Yunho? —preguntó de nuevo, más serio mientras que sus manos se mantenían ocupadas deslizando la ropa del otro hacia abajo para poder dejar, por fin libre y sin impedimentos, acceso directo a esa parte del hombre sobre cuyo regazo estaba. —Hoy no eres tú el que tiene el control, soy yo... y te haré esperar lo que a mí me parezca.

Era suyo y no pensaba desperdiciar esa oportunidad. Sus dedos se cerraron, comenzando a moverse de arriba hacia abajo mientras notaba su propia excitación, su propio deseo deslizarse por todo su cuerpo como una marea. Besó entonces sus labios con hambre mientras que se dejaba caer en la deliciosa vorágine de sensaciones que en ese momento se deslizaba por todo su cuerpo. Pasión y deseo, hambre y placer que destrozaban todo lo que había a su alrededor y que solo le permitían concentrarse en lo que tenía entre sus manos, bajo su cuerpo, en el sabor tan conocido que le enloquecía y provocaba que toda su mente se embotara, hasta el punto que en ocasiones pareciera que estaba borracho.

Una nube de placer que no le impidió parar antes de que Yunho se dejara ir del todo, bajando la intensidad de sus caricias y de esa manera aumentando la tortura un poco más. Pinzó el labio inferior entre los suyos, rozándolo con los dientes antes de dejarlo ir y apartó las manos provocando un sonido de rechazo del otro mientras que comenzaba a desvestirse a sí mismo. Lo primero fue la camiseta que cayó en algún lugar detrás suyo, sin preocuparse en realidad de donde. Quizá en la cama que estaba allí esperando por ambos y que sin embargo aquella vez no iba a ser la protagonista.

No, aquel sofá le parecía mucho más apropiado.

—Date prisa... —la voz de Yunho hizo que le mirara de nuevo y que sonriera mientras su cuerpo se pegaba una vez más al suyo, sin ropa molesta que impidiera poder sentirlo por completo. —Quítate los pantalones de una vez.
—¿Tan impaciente estás?

El rostro de Yunho se giró de nuevo hacia él, ciego gracias a esa venda que cubría sus ojos, haciendo que sonriera una vez más. Le quedaba bien, no sabía por qué no se le había ocurrido antes. Le gustaba tener de esa manera a Yunho cuando siempre era él el que buscaba tener el control. Sin embargo, esa noche, era suyo. Suyo por completo, para disfrutarlo de la manera que quisiera. No obtuvo respuesta y supo, porque conocía cada una de sus expresiones de la misma manera que podría conocer las suyas y de las de los otros tres que no estaban allí, que estaba cargado de frustración. Se libraba de que tuviera las muñecas sujetas, porque si no estaba seguro de que Yunho en ese momento le estaría devorando de mil maneras diferentes, hasta el punto de que se olvidaría de su propio nombre.

¿Acaso era tan malo eso?

Acalló esa voz insidiosa que le recordaba que en realidad estaba deseando que precisamente fuera eso lo que pasara y se apartó de la calidez del cuerpo que se encontraba en el sofá manteniéndose de pie. Durante un momento se quedó quieto, simplemente observando. El cabello revuelto, la camisa abierta, los pantalones bajados. Su mirada se detuvo en la excitación del otro y sonrió brevemente, lamiéndose los labios para después mordérselos. Ni medio minuto más tarde se encontraba completamente desnudo de nuevo en su regazo.

Moría por sentirlo, por devorarlo en cada uno de los besos, por acariciarlo hasta saber que estaba delirando de deseo y que era él el único capaz de llevarlo a ese estado. Que tenía el control suficiente como para poder provocar que perdiera contra lo que él le provocaba. La lucha comenzó entonces, una lucha llena de placer, de besos y de caricias, de gemidos y de jadeos. Sus respiraciones se mezclaban mientras sus labios se devoraban y sus cuerpos se buscaban. Las caderas de Yunho se alzaron y las de JaeJoong bajaron como si de esa manera pudieran estar todavía más juntos. Sus cuerpos sabían lo que querían, lo que ambos deseaban. Dientes que mordían la carne ajena, lenguas que se introducían con frenesí en la boca que los besaba.

Perdieron el sentido del tiempo y del espacio. No había nada a su alrededor, ni siquiera para JaeJoong que tenía los ojos para poder verlos. En algún momento él estuvo tan ciego como lo estaba Yunho mientras que el placer pasaba por ambos arrasando todo a su paso. De alguna manera que no estaba dispuesto a analizar en ese momento, porque solo quería sentir, notó en su interior a Yunho y un gemido mezcla de dolor y de placer escapó de entre sus labios. Fue su mano la que bajó para comenzar a acariciarse mientras que sus caderas se movían de forma acompasada a los envites del hombre que tenía anclado en su interior, debajo de él.

Sus labios se separaron, su espalda se arqueó y sintió que podía llegar a estallar en mil pedazos en ese momento, mientras que el placer atenazaba cada una de sus terminaciones nerviosas y todo su cuerpo buscaba ser liberado. Estaba navegando por las profundidades de sus propias sensaciones cuando abrió los ojos para ver cómo el de Yunho tenía una mueca de placer, para ver cómo arqueaba la espalda a su vez y cómo su cuello se echaba hacia atrás en ese momento en el que se encontraban en la cresta de la ola. Dos gemidos parejos de satisfacción escaparon a la vez, al tiempo que el cuerpo de JaeJoong se movía hacia delante para lamer su cuello que había quedado al descubierto sintiendo los últimos movimientos de las caderas de Yunho.

Ambos corazones martilleaban sin cesar, acelerados todavía. Las respiraciones rápidas y superficiales. Un nuevo gemido se escapó de ambos labios cuando JaeJoong se movió para que Yunho saliera de su interior y se dejó caer de forma definitiva sobre el otro cuerpo, besando lentamente su hombro, notando ese sabor que tanto le gustaba y que hablaba de sexo. Un sabor salado y masculino que ardía en sus labios en ese recorrido que le llevó hasta su mentón donde dejó un nuevo beso. Escuchó entonces la risa ronca, agotada de Yunho y una sonrisa apareció lentamente en sus labios sintiéndose demasiado bien en ese momento.

—¿Cómo conseguiste preparar todo esto?

La pregunta de Yunho hizo que se separara a regañadientes para poder mirarle, todavía con los ojos vendados, y una sonrisa pícara se deslizó por sus carnosos labios. Alzó entonces una de sus manos para acariciar lentamente el rostro masculino. Tan perfecto, tanto que no pudo evitar moverse hacia delante para besarlo una vez más.

—Fuiste tú.
—¿Yo? No creo recordar que hayamos hablado nunca de algo así.
—Tu concepto... —respondió entonces, buscando sus labios para besarlos de nuevo, porque era adicto a ellos a pesar del tiempo. —La imagen de tu teaser para Catch Me... pensar que todo el mundo te vería así, imaginarme lo que las fans estarían pensando cuando te vieron... —mientras hablaba sus manos pasaron por detrás de su cabeza para desatar finalmente la venda que había mantenido tapados los ojos de Yunho, dejándola caer y perdiéndose en su mirada en el mismo momento en que sus ojos cafés le enfocaron. —Los pensamientos, las intenciones que tendrían. —negó brevemente, rozando su nariz contra la suya en un lento gesto que solo hacía con él. —Me mataba por dentro.
—¿Así que decidiste ponerlo en práctica?
—Decidí que sería yo el único que te podría ver así, que te podría tener así y... —se apartó por un momento para mirarlo a los ojos. —no me arrepiento en absoluto.
—¿Ni siquiera por lo que me has hecho pasar antes de saber lo que estaba pasando?

Jaejoong rió de nuevo, mientras se movía hacia un lado sin apartarse del regazo de Yunho para poder desatar los pañuelos con los que su muñeca derecha estaba atada antes de hacer lo mismo con la izquierda. En el momento en el que fue liberado Yunho se movió para abrazarlo, estrechándolo en sus brazos mientras le observaba con gesto serio.

—No pienso dejarte ir hasta que me contestes.
—¿Vuelves a dar órdenes? ¿Acaso no te he enseñado cómo tienes que pedir las cosas? —bromeó el mayor con una sonrisa divertida mientras le miraba a los ojos. Le encantaba verse reflejado en ellos, imaginarse la forma en la que Yunho le veía.
—Jae...

El tono peligroso que su nombre tuvo en los labios de Yunho solo provocó una nueva risa en el hombre y negó brevemente, para dejar un pequeño beso antes de intentar moverse hacia atrás, pero no pudo puesto los brazos que se encontraban rodeando su cuerpo se lo impidieron. Arqueó entonces ambas cejas. Ambos sabían que tenía la fuerza suficiente para desprenderse de ellos si quería, pero sin embargo se movió para acomodarse un poco mejor en su regazo y apoyarse finalmente en su torso, rozando con su nariz en el hombro de Yunho en un gesto puramente mimoso.

—Sabía que me ibas a reconocer, que ni siquiera ibas a necesitar que hablara para que supieras quién era. —contestó entonces Jaejoong, dejando que una de sus manos comenzara a delinear lentamente su costado.
—No me has vencido, Jae.
—Lo sé, pero al menos he ganado esta batalla.

El rostro de Yunho se bajó para mirarle y el de Jaejoong se alzó para hacer lo mismo, sus miradas se retaron por un momento antes de que en un movimiento mútuo rompieron a la vez la distancia que los separaba para besarse, un beso que comenzó lentamente, con toda la paciencia del mundo, y que pronto se desató una vez más en miles de emociones diferentes prometiendo algo de manera silenciosa: aquella sólo iba a ser una de tantas batallas que se iban a librar esa noche para intentar ganar esa guerra silenciosa por el control.

 

Hilos Tejidos