martes, 6 de noviembre de 2012

{Original} Truco o Trato [Especial Halloween]





Truco o Trato
~ Lyenever

Título: Truco o Trato.
Personajes/Pareja: OC.
Rating: +18.
Género: Sobrenatural. Romance.
Resumen: En la noche del 31 de Octubre todo puede ser posible... absolutamente todo.
Disclaimer: Esta historia ha salido de mi cabecita loca, lo mismo que los personajes. Lo cierto es que como todo tiene sus inspiraciones y una de ellas fue “La Noche deSamhain”, un relato que está escribiendo una buena amiga y que os recomiendo que echéis un vistazo si os gusta la temática de fantasía. Supuestamente esto iba a ser para Halloween y un fanfic, pero las Musas tenían otra idea. Espero que disfrutéis.

Era Halloween. En el cielo brillaba con fuerza la Luna Llena que se encontraba en su tercer día, brillante, eterna; redonda como si fuera un globo que alguien hubiera soltado y se hubiera colgado en lo alto; dorada como si estuviera cargada de polvo de hada. Ella, sin embargo, ignoraba todo aquello mientras conducía de vuelta a su casa con la música a todo volumen y la mirada fija en la carretera. Se encontraba agotada del trabajo, solo soñaba con llegar a casa, desprenderse de la ropa, darse una ducha si tenía la fuerza suficiente y después dejarse caer encima de la cama. Le dolían los hombros y sentía un pinchazo en la zona de los riñones cuando se movía demasiado rápido. Había trabajado hasta su límite y ahora tenía que pagar las consecuencias. Respiró hondo por un instante haciendo la maniobra que le introduciría en el interior del garaje de la casa unifamiliar en la que vivía y bajó del coche cerrando la puerta con un golpe sordo que retumbó en el silencio del lugar mientras se dirigía hacia el interior de su casa.

En cuanto puso un pie dentro de la misma, el gato negro se acercó maullando buscando los mimos acostumbrados y, por qué no decirlo, la comida que había estado anhelando durante todo el día. Era su única compañía y también la que más fiel había sido en los últimos años. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que las relaciones personales no eran lo suyo, o esa era al menos la impresión que le daban. Había decidido, por tanto, con mayor o menor atino, que prefería la compañía de animales como aquel que corría entre sus piernas, rozándose con suavidad contra el borde del pantalón mientras se dirigía hacia la cocina. En el camino dejó el maletín que llevaba y el bolso, se desprendió del abrigo negro y se frotó las manos por un instante notando el lugar especialmente frío en aquella noche. Era noche de brujas y el momento en el que el velo entre los mundos estaba más fino de lo habitual, provocando que su piel se erizara a cada mínima corriente recordándola que debía estar preparada.

—Pareces contento. —comentó mientras escuchaba el ronroneo cuando se agachaba para recoger el comedero y el bebedero, dispuesta a rellenarlos. —Supongo que tu día ha sido mucho mejor que el mío.

Al moverse dejó escapar un pequeño gemido de dolor, cuando se incorporó quizá demasiado rápido, y pudo notar ese pinchazo que le recordaba que debería haber descansado en algún momento de la semana, que por muchas entregas que tuviera que hacer, por mucho trabajo acumulado que le quedara, no debía jugar con su propia salud. Sin embargo, ¿a quién le importaba? Ella misma había decidido apartarse de la sociedad hacía un año. Los recuerdos provocaron que se mordiera el labio inferior al tiempo que echaba el agua y después se movía para agacharse, deslizando lentamente sus dedos por el pelaje oscuro mientras observaba al felino comenzar a comer. Apoyó las manos en las rodillas y se incorporó de nuevo. Recuerdos y más recuerdos, aquellos días estaban llenos de ellos, como si los fantasmas del pasado hubieran decidido llegar todos de golpe para recordarla que por mucho que corriera, siempre estarían a un paso por detrás de ella.

Negó y con ese gesto el cabello oscuro se agitó a su alrededor. Llevaba unos días en los que el hambre había desaparecido y sabía que la razón no era otra que los sueños que se repetían en una cadena sin final. Apretando los labios, sin embargo, se acercó hasta el frigorífico para abrirlo y asomarse a su interior. Las baldas no le ofrecían nada que le apeteciera en especial. Tras unos segundos de duda se decidió por las sobras de una lasaña que había hecho el día anterior en un ataque de cocinillas que no solían aparecer muy a menudo. Mientras que la comida se calentaba, se dirigió hacia su habitación para poder sacar la ropa limpia que se pondría.

¿Qué hora era? ¿Las diez? ¿Las once de la noche? El frío había calado por completo en su interior hasta el punto que sabía que si no hacía algo para remediarlo seguramente no podría pegar ojo. No era solo  por motivos de la estación en la que se encontraba, sino por algo mucho más... sobrenatural. Decían que en aquellas noches los fantasmas tenían campo libre para pasearse por el mundo de los vivos. Incluso le había parecido escuchar a los perros de Hécate o de La Morrigan, cualquiera de las dos diosas de la Antigüedad le ponían la piel de gallina de la misma forma, mientras se dirigía hacia su casa. Esa era la razón por la que había puesto la música clásica tan alto que incluso creía que ahogaría sus propios pensamientos.

Sin embargo, estos siempre estaban ahí: planeando como cuervos oscuros que no le dejarían jamás en paz. El click del microondas le indicó que ya tenía la cena preparada y volvió a la cocina donde la recibió su gato mirándola con esos ojos ambarinos que hicieron que un pequeño escalofrío la recorriera, sobre todo porque durante los siguientes minutos en los que ella estuvo comiendo con completa desgana no se despegaron de ella. Como si la estuvieran observando, el sonido del teléfono móvil rompió por completo su concentración en el momento en el que se estaba levantando para tirar lo que no había conseguido comer. Sorprendida de que la llamaran a esas horas, se dirigió hacia el sofá donde antes había dejado sus cosas y rebuscó durante unos instantes en los bolsillos del abrigo hasta que dio con el causante de haber roto la tranquilidad, deteniéndose al ver el nombre que marcaba la pantalla durante un segundo.

—¿Sí?
—Oh, todavía no estás dormida. —el tono alegre de la otra persona hizo que arqueara una ceja y esperó a que continuara. —¿Qué tal la cena?
—Si sabías que estaba cenando...
—No te pongas quisquillosa, solo te llamaba para saber cómo estabas.
—Pues... bien.
—¿Nada extraño o digno de mención?
—¿Cómo qué...?

Por un momento no continuó porque allí de pie, mirando hacia la ventana, un resplandor iluminó por completo su pequeño jardín trasero haciendo que frunciera un poco más el ceño al haberse quedado deslumbrada. El gato, que había estado junto a la puerta del salón que daba al jardín hasta ese momento, se bufó por completo mirando hacia el exterior y salió corriendo en dirección contraria. Arqueando por un momento la ceja se separó el teléfono ya que no llegaba sonido alguno y pudo ver que la llamada se había cortado. Maldijo por un instante y estuvo a punto de llamar a la mujer con la que estaba hablando hacía un momento, pero de nuevo tenía una llamada entrante.

—¿Qué es lo que has hecho? —preguntó en el acto, dirigiéndose hacia el ventanal para mirar hacia el exterior. Cualquier otra persona se hubiera ido a resguardar en la habitación o directamente habría salido de la casa en su coche, porque de pronto hacía un frío tremendo con pequeños picos de calor, además de la horrible sensación de que había algo que la estaba observando. —Maldita sea... no te rías.
—No me estoy riendo. —pero la voz entrecortada indicaba todo lo contrario. —¿Qué es lo que has visto?
—Tengo la sensación de que sabes perfectamente lo que he visto. ¿Te vas a explicar de una vez?
—Oh, querida, te aseguro algo: no te vas a arrepentir en absoluto de lo que va a pasar esta noche.

El sonido de la llamada cortada provocó un bufido en la mujer y miró con mala cara el teléfono antes de volver a asomarse al pequeño jardín desde la seguridad que le daba el estar dentro de casa. No se veía nada. Después de ese resplandor que había sido casi como si de golpe una estrella hubiera caído en su jardín, la oscuridad había vuelto y allí fuera no se movía ni un alma ni tampoco había sombras que pudieran hacer pensar que alguien o algo le estaba acechando y sin embargo esa molesta sensación no se iba. Se concentró entonces, porque había cosas que no se veían a simple vista y ella lo sabía perfectamente, pero sus otros sentidos tampoco le mostraron nada. Fuera lo que fuera, por lo que parecía, eran solo delirios de su querida y amable amiga. Aunque en ocasiones, tener amigas como aquella, le daban más dolores de cabeza que otra cosa.

Amigas con las que hacía semanas que no hablaba, por cierto. Se recordó que tenía que ser amable, que debería haberla llamado ella, que no le hubiera costado nada, pero no lo había hecho y no se había enterado de qué era lo que pasaba por esa cabeza loca. Ambas se habían conocido tiempo atrás y a pesar de la diferencia de edad se llevaban todo lo bien que se podían llevar dos personas que eran tan distintas en unas cosas y tan similares, como si se estuviera viendo en un espejo, en otras. Las circunstancias habían hecho que se conocieran y que encajaran prácticamente desde el primer momento, como si fueran dos piezas de un puzzle que se estaba haciendo y que necesitaban encontrarse por una u otra razón. Negó brevemente mientras volvía a echar un vistazo hacia el exterior y finalmente se dio la vuelta.

No iba a entrar en sus juegos. La conocía lo suficiente como para saber que en esos momentos se encontraría en su buhardilla riéndose de ella e imaginándosela por completo asustada, mirando hacia un jardín que estaba vacío. Buscó en su mente soluciones racionales para lo que acababa de pasar: seguramente habría sido algún foco del vecino. Ese hombre extraño que de vez en cuando hacía cosas todavía más extrañas. No le extrañaría para nada que tuviera algo de eso en su casa y que en una noche como Halloween le diera por jugar. No comprendía muy bien a esa pareja de hombres que vivía a su lado. Eran tan diferentes entre sí que dudaba mucho que pudieran sobrevivir juntos sin matarse y sin embargo llevaban allí casi el mismo tiempo que ella: y eso se resumía en un año.

—Ven aquí, no te preocupes... no ha sido nada. —comentó mientras cogía al gato negro que se encontraba agazapado entre dos muebles mirando fijamente hacia el jardín. —No hagas ni caso, sea lo que sea ha sido una de sus locuras y siendo Halloween está más que claro que le apetecía jugar con nosotros.

“Truco o trato”. Con ella siempre era una mezcla de ambos y eso que ninguna de las dos creía en realidad en Halloween y en esa fiesta americana que se había exportado al resto del mundo. No, ambas iban más allá y se deslizaban por entre las líneas de un tapiz mucho más formado, más tupido, más antiguo. “Samhain”. Ese nombre le provocaba a la vez escalofríos y un profundo respeto. Era la fiesta del inicio del año y de recordar el pasado, a los que ya no estaban con ella y se habían marchado, de todo aquello que se había quedado atrás y que en esos últimos meses había sido mucho. Era el inicio de la Rueda que giraba sin parar desde hacía cientos de años y, sin embargo, no podía evitar sentirse incómoda porque era el momento en el que todo parecía mucho más profundo, en el que todo era demasiado real; incluso aquello que sabía que no estaba allí.

O que no debería estar allí.

Se deslizó entonces en dirección al piso superior donde se encontraba su habitación y también el baño principal. Definitivamente iba a darse su propia fiesta que se resumía en velas aromáticas, sales de baño y algo de música. A pesar de la hora, que rozaba las doce de la noche, necesitaba desconectar. Al día siguiente era fiesta, no tendría que madrugar —otra cosa era lo que su cuerpo decidiera hacer en contra de su voluntad — así que podía “perder” el tiempo de esa manera si así le apetecía.

~*~*~


El hombre salió de la sombra que le había protegido de los escrutinios de la mujer justo en el momento en el que los talones desaparecieron de su vista mientras ésta subía por las escaleras. Había sentido el tirón y después el maldito viaje que siempre provocaba que su estómago se encogiera, hasta el punto de que en más de una ocasión —cuando era más joven— había terminado por vaciar su estómago con toda la deshonra que eso implicaba y la debilidad que demostraba. Chasqueó la lengua brevemente mientras se sacudía las manos en los pantalones de cuero curtido y observó con desgana a su alrededor. Si se concentraba lo suficiente todavía podía ver los restos de la magia que se había utilizado para traerlo hasta ese lugar y no estaba del todo seguro de si era algo que le molestaba... o le halagaba directamente en lo más profundo de su ego. Decían que los dioses tenían muy diferentes maneras de mostrar el camino a los mortales y entre su gente, que en ocasiones eran considerados como tales, no era muy extraño que esas manera incluyeran el traslado de un lugar a otro.

En realidad, era la primera vez que se encontraba en lo que los humanos denominaban “Tierra” desde hacía demasiado tiempo. Había un olor extraño que no terminaba de identificar y los edificios eran más grandes de lo que hubiera podido imaginar. La luz excesivamente brillante podía llegar a molestarlo si la miraba demasiado fijamente y si sus ojos se alzaban hacia el cielo apenas podía distinguirlo; un cielo que no difería demasiado al suyo propio. Y después estaba ese molesto zumbido, como un murmullo, que no terminaba nunca. Decidió entonces que lo mejor era averiguar por qué demonios le habían llevado hasta ese lugar y por qué no se habían hecho las libaciones oportunas, ni había nadie para recibirlo como era la costumbre... y la ley.

En el pasado, cuando ambos pueblos estaban mucho más unidos, no era extraño que se hicieran tratos entre unos y otros, aunque tonto era el humano que entraba en esos juegos con uno de su raza. Nada era gratis, absolutamente nada, y por regla general no estaban del todo bien vistos. Mucho menos cuando esa religión que terminó siendo mayoritaria, en la que se adoraba a un solo dios, comenzó a extenderse por las tierras conocidas. Las llamadas habían sido cada vez más escasas y los contactos se podían contar con los dedos de ambas manos. Las brumas habían caído para separar ambos mundos, ocultando el suyo y alejándolo cada vez más. El velo era profundo la mayor parte del año salvo en un momento en particular en el que parecía como si llegaran a rozarse; como si de forma suave y delicadamente cayeran todas las barreras y los seres pudieran caminar de un lado para otro con más facilidad.

Sin embargo, él no estaba acostumbrado a toda aquella palabrería que era algo que llevaban otros. El hombre tenía preocupaciones mucho más acuciantes en su día a día. Sí, hacía caso a lo que le contaban, había vivido alguna experiencia y conocido a otros que la habían hecho viajes similares a los de él: y algunos no volviendo jamás. Quizá, por ese último hecho, hacía tiempo que había preferido mantenerse por completo lejos de todo aquello. Todo lo lejos que podía estar considerando quién era y a qué pertenecía. Su mano chocó contra la superficie cristalina y suspiró al darse cuenta de que era una maldita puerta que tendría que abrir. Hizo presión en el picaporte y este no se movió, provocando que arqueara las cejas y mirara hacia el interior, hacia ese felino que le miraba fijamente y que no había podido engañar de la misma manera que había hecho con la mujer cuando había notado que intentaba ver más allá de lo visible, adentrarse en lo invisible.

Los gatos eran animales que se encontraban conectados con el Otro Lado de una manera en la que los humanos no podían ni siquiera imaginar. El hombre arqueó brevemente una ceja y se concentró en la cerradura durante unos segundos, los únicos que necesitó para por fin abrir la puerta de aquella casa extraña e introducirse en el interior cerrando tras de sí. Las botas que llevaba no hicieron ruido alguno cuando anduvo un par de pasos por el suelo cubierto por una gruesa alfombra y el hombre no dejó de observar en ningún momento al felino que en cuanto se acercó lo que consideraba como demasiado, salió corriendo escaleras arriba de nuevo: Buscando la seguridad de la mujer con la que se encontraba vinculado, supuso el hombre mientras miraba a su alrededor. Los muebles parecían de buena calidad, muchos de ellos desconocidos como una superficie alargada que se encontraba oscura y se preguntó de qué se trataba. Sin embargo la música que le llegaba desde el piso superior pronto le hizo olvidarse de todo y se dirigió a las mismas escaleras por las que la había visto subir.

A simple vista no había nada fuera de lo normal en aquella casa, más allá del hecho de que se trataba de una estructura desconocida, pero en pequeños detalles podía ver que no se encontraba frente a una mujer normal. Había un rastro a incienso y a velas que llegaba hasta su olfato mientras subía, los mismos cuadros de las paredes parecía que estaban elegidos al azar pero conformaban perfectamente un entramado de protección que provocaba que el vello de sus brazos se erizara a cada paso que daba. Era la Esencia que se movía en un enorme escudo protector que prevenía de la entrada de entidades no deseadas a la casa, manteniendo a salvo a la dueña de esta y al gato negro que le observaba desde lo alto de la escalera.

Un escudo que, por supuesto, no lo afectaba a él. Al contrario, le atraía como lo hacía la miel con las abejas.

~*~*~

El sonido de las gaitas se escuchaba desde el exterior del baño iluminado suavemente con las velas que se podía ver gracias a la puerta entreabierta. La mujer, ajena al inesperado visitante, se encontraba dentro de la ducha dejando que su voz se alzara de vez en cuando acompañando a la melodía que no dejaba de sonar. Mientras que el agua, quizá demasiado caliente, se deslizaba por su cuerpo visualizaba cómo las malas energías del día iban desapareciendo con la misma facilidad. Era un ejercicio de visualización de los más comunes y que llevaba años practicando. No estaba muy segura de cómo o cuándo había comenzado con aquello: como la mayor parte de esas cosas prefería no pensarlo. Muchas de ellas habían llegado de manera natural, sin preocuparse de por qué lo hacía.

El baño con sales aromáticas se había cambiado por la ducha que era más rápida y ecológica. El agua había empapado su cabello oscuro que caía como una cortina de seda negra hasta cubrir sus pechos por delante y más allá de la mitad de su espalda por detrás. Alzó el rostro susurrando unas palabras para sí mientras el sonido de la música llegaba de forma amortiguada a través del agua que caía. Siempre se había sentido a gusto en ese elemento, mientras que su cuerpo se relajaba y ese no iba a ser el día que aquello fuera a cambiar. Sin embargo, sintió algo que a pesar del agua caliente, provocó que la piel de sus brazos se pusiera de gallina. Apretó los labios por un instante y se concentró, pero una vez más no notó absolutamente nada.

Allí estaba de nuevo esa molesta sensación de que no se encontraba sola, más allá de su gato por supuesto. Farfulló una maldición mientras terminaba de aclararse el pelo. Estaba claro que iba a tener que hacer algo al final. Lo único bueno de aquella ducha es que se encontraba mucho más descansada. Los músculos se encontraban relajados y, al menos, no le dolía la zona de la cintura cuando se movía aunque fuera de manera brusca. Se movió un par de minutos después estirando la mano tanteando en busca de una toalla que sabía que no había dejado demasiado lejos, pero que parecía que de repente se había esfumado por arte de magia. Se estremeció una vez más, el calor que había sentido en el interior de la ducha se estaba yendo en el mismo momento en el que había abierto la puerta de esta. Uno, dos, tres intentos más tarde sus dedos rozaron por fin la toalla y tiró de ella hacia sí, pero no se movió. Con reticencia porque sabía que fuera iba a tener un frío de mil demonios, se asomó y lo que vio provocó que cerrara en el acto la puerta con el corazón a mil por hora.

Fuera, el hombre sostenía la toalla con una sonrisa divertida. Aquel aparato para bañarse era muy interesante. A pesar de que no podía verla con claridad, se distinguía perfectamente el contorno del cuerpo de la mujer: alta, de caderas redondeadas y pechos llenos, estaba muy cerca del ideal que rara vez encontraba en su propio mundo. Y después estaba ese olor que más allá del de las velas o el incienso, le llegaba. Un olor tan apetecible que había provocado que se endureciera casi en el mismo momento en el que había puesto un pie en aquel lugar. Suponía que venía de todos esos botes que había visto que utilizaba y que se encontraban desperdigados por el resto de las superficies blancas de aquella habitación.

—¿Quién demonios eres tú?

El hombre esbozó una media sonrisa al escuchar la voz de la mujer. Se había encerrado ella sola. Ahí dentro no podía ir a ningún lado y además tenía una vista de lo más interesante aunque no fuera directamente. Suponía que ella ni siquiera se habría dado cuenta de ello porque de otra manera estaba seguro de que al menos le hubiera arrebatado la toalla que tenía entre las manos. Esa tela que tenía en las manos y que era suave al tacto. Sus dedos se aferraron brevemente a esta y una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Si hubiera alguien allí que lo conociera hubiera identificado aquel gesto como algo de lo que tener cuidado, mucho cuidado.

—Eso mismo me pregunto yo sobre ti. —respondió, haciendo que su voz grave, con un ligero acento que ella no pudo reconocer, estremeciera todo su cuerpo. —Tú has sido la que me ha llamado.
—¿Que yo qué...? —sin embargo no continuó, porque la voz de su amiga apareció de pronto. —Oh... voy a matarla, juro que lo haré. —exclamó por fin y después se estiró pegándose a la mampara de la ducha y dando un espectáculo mucho más interesante al hombre. —Dame la toalla y hablemos.

Los dedos de ella apenas llegaban a verse y él negó. No estaba seguro de si era consciente de lo que estaba provocando en él en esos momentos. El enfado en su voz hablando de esa otra persona le hizo arquear las cejas porque no era tan estúpido como para no darse cuenta de que algo allí no estaba bien. Ese gesto de sorpresa no era algo común, por regla general se hincaban de rodillas o comenzaban con las peticiones casi en el acto, como si fueran algún tipo de genio salido de la lámpara. Estúpidos.

—Hagamos un trato, abre esa maldita puerta... y te daré la toalla. Es bastante incómodo hablar con eso de por medio.
—¿Quieres que abra la puerta sin más?
—No creo que realmente hayas creído que mantenerte ahí encerrada te va a salvar de mí.

Uno, dos, tres segundos de silencio absoluto. Finalmente vio cómo se separaba y finalmente abría la puerta. Su piel pálida estaba recorrida de pequeñas gotas que se deslizaban por su cuello, por su clavícula, hasta finalmente morir en sus pechos o bajar incluso más abajo. Por un momento sintió que se quedaba sin respiración y que tenía la boca seca.  Allí, plantada delante de él, cubriéndose con los brazos y las manos, tenía a una verdadera diosa. Sus ojos tenían un color extraño, no eran claros pero tampoco se podía decir que eran oscuros del todo. Tenía ese color miel que podía variar hacia el verde, el gris o el marrón según le daba la luz y su estado de ánimo. En ese momento, por ejemplo, eran del gris de un cielo de tormenta y eso hizo que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios, sonrisa que solo se acrecentó cuando pudo ver el gesto de molestia en su rostro.

—¿Y bien?
—Sal de ese cubículo y ven aquí.
—No me gusta que me den órdenes.
—Ya somos dos.

Dudó, pero finalmente uno de sus pies tocó el suelo con cuidado teniendo miedo de caerse. El hombre extendió entonces la toalla delante de él esperando a que se acercara. Ella frunció el ceño al darse cuenta de lo que quería que hiciera viendo cómo tenía los brazos abiertos y decidió que era una estupidez todo aquello, que no pensaba dejarse gobernar por alguien de esa manera y menos por un hombre que no conocía. Se acercó entonces con rapidez y decisión cogiendo la toalla y tirando hacia ella.

—Si piensas que voy a dejar que...

No continuó, no pudo, porque de repente el aire se había ido y ella se encontró cautiva de esos brazos que la rodearon junto con la toalla, haciéndola girar hasta que su espalda quedó contra el pecho de él. No eran solo sus brazos, no, la toalla se había enrollado en torno a su cuerpo. Sintió entonces el aliento de él rozando su cuello y por un momento cerró los ojos. ¿Cuánto tiempo hacía que no le habían abrazado de esa manera? ¿Cuánto hacía que no sentía el cuerpo de un hombre sujetándola? Por un instante fantaseó con protección y cariño, con amor y lealtad. Eran cosas que echaba de menos y de lo que no se había dado ni cuenta. Se permitió un momento de debilidad mientras que su olor la envolvía por completo y el frío que había sentido durante toda la noche se desvanecía frente a su calor.

“Solo un poco más...”

—¿Siempre eres tan complaciente? —susurró esa voz grave y masculina en su oído, haciendo que se tensara por completo. Había un rastro de burla que hizo que se moviera intentando apartarse.
—Suéltame.
—¿Estás totalmente segura de que es eso lo que deseas?
—Oh, por los Dioses, ¿te han dicho alguna vez que tienes el ego por las nubes?

La carcajada masculina fue casi como una caricia en su piel que mandó miles de respuestas diferentes por todo su cuerpo. No había necesitado ni una maldita caricia, ni un solo beso, para que ella le deseara. Y eso era algo que provocó que se enfadara. Se movió una vez más intentando soltarse, pero había caído demasiado fácilmente en su presa y no pudo hacerlo. Se llamó entonces estúpida.

—Estáte quieta y déjame hacer, cuando acabe podrás insultarme todo lo que quieras.

La pregunta de qué iba a hacer se quedó anclada en su garganta cuando notó cómo empezó a deslizar la toalla por su cuerpo. Sabía que únicamente estaba secándola, pero ambos sabían perfectamente que no sólo era eso. Que había mucho más. De forma metódica, como si fuera un cazador en busca de su presa, el hombre fue secando gota a gota que se deslizaba por su cuerpo; Esa que se paseaba por su cuello antes de bajar lentamente por su clavícula, aquella que conseguía zafarse y moría en sus pechos, la otra que encontraba el camino por el valle entre sus senos y corría hacia el ombligo. La mujer no pudo evitar cerrar los ojos e imaginar. Imaginar que eran sus labios los que seguían el recorrido húmedo abriendo otros nuevos; sus manos, lejos de la separación que daba la toalla, las que recorrían el contorno de su cuerpo provocando que miles de fuegos diferentes naciera en ella. Y voló, mucho más alto de lo que hubiera imaginado durante los minutos que aquel escrutinio duró hasta que murió de repente.

—¿Qué es esta marca?
—¿Mmm? —preguntó en un primer momento, incapaz de hablar, hasta que se dio cuenta de lo que se trataba. —Algo que me hice cuando era adolescente.

Se giró entonces, roto el embrujo en el que había caído durante unos minutos y le arrebató la toalla para ponérsela alrededor de su cuerpo antes de dirigirse hacia donde había dejado la ropa. Era estúpido mantener el pudor cuando él la había visto desnuda y, no solo eso, había podido recrearse con todo su cuerpo por un momento de debilidad. Idiota, se llamó mentalmente, mientras tomaba la ropa interior y se la ponía antes de hacer lo mismo con los pantalones del pijama y una camiseta enorme que había comprado hacía mil años y que todavía usaba para dormir. Tomó otra toalla y se comenzó a secar el pelo mientras fruncía el ceño intentando buscar algo de lógica en todo aquello.

—Te preguntaría tu nombre, pero me imagino que no me lo darás y si te amenazo con llamar a la policía te va a dar igual. —clavó su mirada en los ojos de él, demasiado claros como para ser de este mundo y él arqueó las cejas. Estaba por completo fuera de lugar, con los brazos cruzados observándola de una manera en la que ningún hombre lo había hecho antes. —Así que voy a modificar las preguntas habituales por un... ¿qué haces aquí y qué quieres?
—¿Te ha entrado agua en los oídos para no poder escuchar bien? —preguntó entonces con un rastro de burla. —No he sido yo el que ha pedido estar aquí... aunque a la segunda pregunta sí que te puedo contestar.
—¿Y qué es lo que quieres?

No hizo falta que contestara porque pudo leer la respuesta con claridad en esa mirada que se hizo todavía más intensa. Esa mirada que parecía que podía ver más allá de su ropa. Sintió entonces calor, un calor intenso que provocó que se moviera hacia atrás un par de pasos hasta que dio contra el lavamanos que había dejado a su espalda. Los dos pasos que había retrocedido, él los dio en su dirección haciendo que su baño, que siempre le había parecido de un tamaño más que aceptable, pareciera mucho más pequeño de golpe. La atmósfera se hizo pesada de repente, agobiante, como si el aire se caldeara hasta el extremo que costaba respirar con normalidad. Sentía cómo su cuerpo se afanaba por hacerlo, cómo su respiración de repente se había hecho rápida y superficial, cómo su corazón había comenzado a bombear sangre latiendo todavía más rápido. Tragó saliva porque lo necesitaba, porque estaba segura de que si hablaba en ese momento no saldría su voz sino otra muy diferente, opacada por el deseo.

—¿Estos juegos te sirven? Has entrado en una casa ajena porque sí y...
—Deja la maldita lógica, tú sabes perfectamente qué soy y por qué estoy aquí. —la amenaza se reflejó en su mirada e intentó volver a retroceder pero no pudo. De pronto se sintió prisionera cuando las manos del hombre se apoyaron en el lavamanos a ambos lados de sus caderas y se inclinó hasta que su rostro estuvo a unos pocos centímetros del suyo, mirada contra mirada, aliento contra aliento. —Si tenía alguna duda, bruja, ha desaparecido en el mismo instante en el que he visto la marca de la Diosa en tu nuca. —su corazón latía tan rápido que pensaba que él podría llegar a escucharlo y negó por un momento. —No intentes mentirme, no de nuevo. ¿Pensabas acaso que podrías encarcelarme en este lugar? Dime, mortal, ¿qué es lo que deseas?
—Yo no te he llamado, jamás jugaría con algo como esto.
—¿No lo harías? Oh, pequeña, llevas jugando desde el mismo instante en el que te tatuaste esa marca que te muestra como alguien que sabe los Misterios. —alzó la mano, hasta sujetarla por la barbilla y la inmovilizó con sus caderas, haciendo que sus cuerpos se pegaran por completo y sin molestarse por ocultar la excitación que sentía desde el mismo momento que había entrado en aquella habitación. —Dicen que los que juegan con fuego terminan quemándose...
—Me he alejado de todo ese mundo, llevo más de un año sin practicar.
—¿Sí? Pues eso no dice toda tu casa, se nota la Esencia entrelazándose... la protección que has puesto es fuerte y además tienes un maldito familiar contigo.
—¿Un familiar? Yo no...
—Oh vamos, no te hagas la ingenua, no creo que sea algo que te pegue en absoluto.
—Maldita sea, ¿y qué crees que puedo hacer? No sé cómo has llegado aquí y no sé qué tengo que hacer para enviarte a ese otro lado que...
—Por el momento... voy a cobrarme mi precio.

El sonido de la respuesta se ahogó en su garganta cuando los labios masculinos atacaron y su cuerpo se encontró sin salida alguna, tan pegado al de él que no podía hacer ni un solo movimiento. Las manos se alzaron intentando apartarlo por los hombros pero era como luchar contra un acantilado: no se movió ni siquiera un centímetro. Y pronto notó cómo perdía la batalla cuando su cuerpo reaccionó sin darle la oportunidad de resistirse. El aire comenzaba a ser insuficiente, pero no le importó. Lo único que en ese momento sentía eran esos labios que batallaban por el control, esa lengua que se coló en su boca y se encontraba demasiado entretenida entrelazándose contra la suya. Sintió sus dientes mordiendo su labio inferior con fiereza y un gemido mezcla de dolor y placer se escapó de su boca al tiempo que su cuerpo era alzado por las manos de él hasta que no tuvo más posibilidad que entrelazar sus piernas en sus caderas.

Era como si tuviera sus manos por todo su cuerpo, quemando, abrasando, poseyendo. No supo cuándo su camiseta cayó hacia un lado dejándola expuesta a su mirada, solo le importó el momento en el que los labios de él comenzaron a recorrer de forma lenta y pausada el borde de su sujetador provocando miles de escalofríos. El roce de su barba incipiente sabía que le dejaría marcas, lo mismo que esa boca que besaba, mordía, marcaba en cuanto tenía ocasión. No le importó. ¿Quién demonios iba a descubrir lo que estaba haciendo? Un nuevo gemido se escapó de sus labios cuando se movió y pudo notar con total claridad su erección contra la zona de su cuerpo que ansiaba tenerlo en su interior.

—Ha... bitación. —consiguió decir al final.
—Guíame.

La desesperación por sentirse, porque sus pieles se rozaran, tomó el control cuando ambos cuerpos cayeron en la cama. Él tenía demasiada ropa, ese fue el único pensamiento mínimamente racional que cruzó por la cabeza de ella, y sus dedos se afanaron en quitar amarres y trabillas, hasta que finalmente capa a capa fue cayendo al suelo y solo quedó una camisa que se interponía en su camino. Tanta fuerza, tanto calor. Las manos de ella se detuvieron por un momento en sus hombros y buscó su mirada. Los ojos de él brillaban plateados, como si fuera plata líquida haciendo que un escalofrío le recorriera por completo. Una serpiente de fuego que se deslizó por su espalda mientras se perdía en su mirada. Podía notar la Esencia a su alrededor, esa magia que solo tenían los seres sobrenaturales. El cabello oscuro era suave, tal y como habían probado sus dedos hacía unos instantes. Lo único suave que tenía aquel hombre del Otro Lado.

—¿Sigues teniendo frío? —susurró él, antes de comenzar con un collar de besos que provocó que arqueara el cuello para dejarle hacer.
—¿Hace frío en el Infierno de los Cristianos?

La risa divertida del hombre provocó un nuevo cosquilleo en su clavícula y no pudo evitar sonreír. Hablar era algo innecesario, al menos con palabras, había otras formas muy diferentes y desde luego mucho más interesantes. Por su cabeza pasaron advertencias y pensamientos, fugaces y sin sentido, como que ella no solía hacer esas cosas, que era un ser del Otro Lado, que era solo fruto del magnetismo que sentía, que al día siguiente se arrepentiría. Sin embargo, algo le decía que se dejara de tonterías y simplemente se dejara llevar. Ese era su momento y jamás, nadie, la había tocado de esa manera, hasta el punto que con un simple roce todo su cuerpo se encendía como si fuera una tea. Su espalda se arqueó cuando sintió los labios de él en su ombligo, mordisqueándolo, al tiempo que sus manos buscaban el borde del pantalón del pijama y tiraban ligeramente hacia abajo hasta que solo quedó vestida con las braguitas de algodón. Por un momento se arrepintió de no haber elegido otro tipo de ropa interior, más... sensual o insinuante, pero ni en sus más locos sueños se hubiera imaginado que fuera a tener compañía.

Los labios de él se quedaron entonces allí donde estaba el límite entre la prenda de ropa y su piel... mordisqueando con suavidad la delicada zona de su abdomen, recorriendo aquella frontera con su aliento y sus labios. Sus manos, por otro lado, subieron recorriendo sus piernas en una lenta carrera que las contorneó, deteniéndose por un instante en el interior de su rodilla haciendo que cerrara los ojos y sus labios se entreabrieran en un ligero jadeo que marcó una sonrisa en los labios masculinos.

Hacer el amor a una mujer, más allá de ese momento de pasión que habían tenido en el baño, era algo que se tenía que hacer tocando las teclas adecuadas para conseguir la melodía perfecta. Y él era un experto en ello aunque en esos momentos tenía que esforzarse por no acelerar en sus caricias, ni esos besos que le traían su sabor y que hacían que se endureciera todavía más, si eso era posible. Estaba molesto y dolorido, necesitaba desprenderse de la ropa y hundirse en ella de forma profunda y apremiante, pero se contuvo. Ser un guerrero tenía sus ventajas y una de ellas era la fuerza de voluntad, ¿no? Aunque en esos momentos se estuviera esfumando como arena entre los dedos.

Las delicadezas estaban llegando a su fin y lo supo en el mismo momento en el que deslizó lentamente un dedo por encima de la ropa interior femenina, notando la humedad de su cuerpo y cómo se estremecía por ese simple gesto. Estaba a punto de perder el control y sus movimientos, bruscos y exigentes, así lo mostraron cuando retiró de un tirón la molesta prenda de ropa y se movió para quitarse los pantalones. La hundió entonces bajo su peso, con una pierna entre las de ellas, subiendo en un reguero de besos hasta que volvieron a estar frente a frente con ella mirándose a los ojos. Subió entonces su rodilla, notando el calor que emanaba de su cuerpo y ella gimió. Tenía las mejillas ruborizadas y los labios entreabiertos, perfectos para tomarlos con los suyos y eso hizo, porque necesitaba devorarla de una manera que nunca le había sucedido hasta el momento.

Quería achacarlo a la pasión, a la necesidad por hacerla suya en aquella noche, por marcarla como nadie lo hubiera hecho antes. Notó las manos de ella bajar por sus costados y dejó que explorara su cuerpo a su gusto. Eran delicadas y suaves, muy diferentes a las suyas propias. Las de él eran las de un guerrero, acostumbrado a llevar una espada, las de ella estaba claro que eran las de una mujer que las utilizaba para otros menesteres... más suaves. Ese rubor en sus mejillas le iba a volver loco.

—Eres mía.

El susurro ronco a pocos centímetros de su rostro hizo que abriera los ojos para mirarlo. Lo necesitaba, dentro de ella, fuerte, duro, profundo. Su deseo se cumplió apenas unos segundos después cuando en una sola embestida él se adentró en su interior provocando que durante unos segundos se quedara sin respiración. Dolor y placer unidos en un único instante. Él tomó una de sus piernas haciendo que la flexionara un poco más y la pusiera en su cadera sin moverse todavía, acomodándose a esa sensación placentera. Se estaba bien en aquel momento, sintiendo cómo le rodeaba, cómo se apretaba a su alrededor y probó a moverse en un movimiento brusco  tomando con sus labios el gemido que se escapó de sus labios. Bebió de ellos como si fueran la fuente de la Eterna Juventud o el Caldero de Dagda. Y decidió que su sabor era mucho más sabroso que todas las delicias que los Dioses podrían entregarlo.

El baile más antiguo del mundo comenzó entonces, sus caderas moviéndose hacia delante y las de ella elevándose para encontrarse. Profundo, cada vez más profundo, ora lento, ora más rápido. Las respiraciones se entrelazaron y las miradas se encontraban. En algún momento las muñecas de ella fueron apresadas por encima de su cabeza mientras que él dejaba un rastro de besos hasta llegar a sus pechos que enhiestos le daban la bienvenida. Y entonces, las tornas cambiaron y en un movimiento rápido fue ella la que se encontraba cabalgado en sus caderas, la que tomó el control de la situación.

El hombre la observó entonces, deslizando lentamente sus manos de sus caderas por sus costados hasta atrapar sus pechos en sus manos, rozando estos con las palmas de las manos. El cabello oscuro de ella se encontraba despeinado, humedecido todavía, salvaje. Sus ojos grisáceos hacía unos minutos se habían convertido en dos pozos oscuros que le observaban con un brillo rojizo. Un escalofrío le recorrió entonces, de arriba abajo, porque un nombre vino a sus labios sin poder evitarlo: Morrigan. Elevó entonces sus caderas provocando una exclamación en ella que terminó en risa e hizo que marcara un nuevo ritmo.

El cabello oscuro de ella los cubrió entonces como si fuera un dosel cuando se echó hacia delante para poder besar sus labios, mordiéndolos con fuerza hasta el punto de que él juraría que le había hecho sangre y que provocó un nuevo gemido, un nuevo jadeo, unas manos crispadas en las caderas femeninas. Allí estaba, esa oleada de placer que comenzaba a incrementarse con cada giro del cuerpo femenino, con cada roce, con cada beso y caricia. Deslizó sus manos por su vientre, estando dispuesto a jurar que había sentido un ligero calambre. Notaba las ondas de la Esencia a su alrededor envolviéndolos de una manera que no había sentido hasta el momento. Esa mano bajó entonces hasta el lugar donde los cuerpos se encontraban unidos, encontrando ese pequeño botón de placer que comenzó a estimular notando los estremecimientos de la mujer. Sabía lo que significaban y también sabía que el momento estaba llegando.

Cegado por completo, hizo un movimiento brusco para dejarla de nuevo bajo su cuerpo mientras la miraba a los ojos y se movía con firmeza para anclarse en su interior, todo lo profundo que pudo, mirándola a los ojos. Una mezcla de dolor y placer recorrió el rostro femenino observaba con atención cada uno de sus gestos. De forma perezosa comenzó entonces a moverse una vez más disfrutando los cambios de su rostro, cómo el placer velaba sus ojos y sus labios dejaban escapar esos ruidos que eran como melodía celestial en sus labios. Esos labios que se encontraban rojos y abultados gracias a sus propios besos, como aquel que la robó entonces jugando con su lengua el mismo juego que sus caderas habían marcado.

—Eres mía.

Repitió entonces aquellas palabras porque no quería que hubiera ningún tipo de confusión. Era suya, únicamente suya y se lo demostraría de mil maneras aquella noche. Hasta el momento no se había demostrado tan posesivo con nadie, ni con las mujeres que se encontraban en su hogar y mucho menos con aquellas que le habían llamado, pero ella... ella era diferente y no sabía bien por qué. Quizá fuera culpa de la Esencia que los envolvía provocando que las sensaciones fueran más allá de una satisfacción física, de un placer que lo estaba enloqueciendo.

Estaban encadenados en el otro, besando, devorando, unidos como engranajes perfectos de una máquina. En la cabeza de él solo se repetía una misma palabra: “Mía”. En la de ella solo había placer, un placer tan intenso que estaba segura de que le haría perder la cabeza. Las olas de la pasión que sentían se elevaban rápidamente y casi juraría, que alrededor de ambos, podía ver vetas de Esencia entrelazándose en miles de colores dispuestos a explotar en cualquier momento.

—Oh... dioses... —gimió con la voz entrecortada cuando sintió cómo el orgasmo llegaba.

Él gruñó cuando todo explotó a su alrededor y se derramó en su interior aprisionándola bajo su cuerpo. Ella clavó las uñas en su espalda unos segundos más tarde arqueando todo su cuerpo en un grito silencioso que dejó expuesto su cuello. Él no dudó ni un solo instante en hundir sus labios en este, recorriéndolo lentamente, de forma mucho más perezosa mientras movía sus caderas en los últimos envites. Mordió entonces su clavícula con quizá más fuerza de la necesaria, para después deslizar su lengua por encima como si de esa manera pudiera paliar el dolor que había provocado y después gruñó algo que ella no entendió. Las manos de la mujer se deslizaron lentamente por la espalda del hombre, notando cómo los músculos se movían suavemente cada vez que él cambiaba de posición: puro acero bajo la piel suave y cálida.

—Como me sigas acariciando así... no sé si voy a poder contenerme. —comentó él mientras hundía la nariz en su cuello, empapándose por completo de su olor. —Hueles tan bien...

La mujer rió divertida, mientras se movía ligeramente hasta que finalmente él salió de su interior, dejando un pequeño beso en sus labios. El cansancio en ese momento los atacó a ambos, como si la energía hubiera caído de pronto. Él se movió entonces arrastrándola al cobijo de las mantas tapándoles con ellas y rodeándola con sus brazos. El suspiro de la mujer se escuchó con claridad en mitad de la tranquilidad y del silencio. Ni siquiera el gato negro se había acercado a la habitación en la que habían estado los dos como si supiera que aquel instante era algo único, de ambos, en el que nadie más tenía cabida.

El sueño llegó para arrastrarlos a ambos a su propio mundo, un mundo onírico donde todo era posible. Un mundo en el que ella se dio cuenta de algo que provocó un reconocimiento instantáneo: él era la persona con al que llevaba las últimas semanas soñando. Quizá por esa razón esa voz interior le había dicho que se lanzara, que no pensara, que simplemente siguiera su camino y no se permitiera dudar. Una muestra de fe, de confianza; un salto al vacío en el que no sabía si habría una red de seguridad esperándola o no. Una noche que habían compartido sin más complicaciones, ¿verdad?

~*~*~

La mujer se movió en la cama y al girarse se dio cuenta de que se encontraba sola. Por un momento parpadeó hasta que consiguió desprenderse del hechizo de Morfeo para mirar a su alrededor. Allí, recortado contra la claridad que llegaba desde la calle, pudo ver la figura del hombre que había llegado de improviso a su vida. Su mirada se paseó por la espalda desnuda, bajando hasta su trasero y después por las piernas que se encontraban ligeramente separadas. Era la planta de un guerrero, de un hombre que estaba acostumbrado a mandar y ser obedecido, a una espada en las manos y un enemigo enfrente con el que batirse. Durante unos segundos se le quedó mirando sin más, sin atreverse a moverse. Sabía que habían tenido una pequeña tregua, pero que aquello no había hecho más que empezar.

—Tenemos que hablar.

La voz del hombre sonó entonces grave, profunda, un susurro que había llegado perfectamente hasta sus oídos provocando que dejara escapar un ligero suspiro. Se giró entonces, de medio lado, para observarla y ella le devolvió la mirada. Había que buscar una solución porque él no era de este mundo y ella, por mucho que hubiera pasado por alto las advertencias de su cabeza, sabía que aquello no podía volver a pasar. Sin más se estiró para tomar la sábana y tiró de ella envolviéndose al tiempo que se incorporaba para acercarse hasta donde se encontraba él. Por unos instantes se quedaron ambos hombro contra hombro mirando hacia el jardín trasero; el lugar donde él había aparecido hacía unas horas. Un escalofrío la recorrió porque sabía lo que iba a suceder a continuación.

—Este no es mi lugar.
—Lo sé perfectamente.
—He tomado mi pago. —miró entonces hacia la mujer y notó cómo se tensaba ante esas palabras, al tiempo que veía el ceño fruncirse. —Y debo volver a mi tierra.
—Yo no he dicho lo contrario, es más... era la primera que quería que salieras de mi casa.
—¿De verdad? —preguntó él mientras arqueaba las cejas. —Solo lo digo para que las cosas queden claras.
—Maldita sea, sé perfectamente que no te puedes quedar y que tienes que largarte. —la mujer se movió entonces para interponerse entre él y la ventana, teniéndolo entonces cara a cara. —No voy a ponerme a llorarte para que te quedes ni a tirarme del pelo, no te preocupes, no soy así.
—No sé si sentirme aliviado o dolido.—comentó con un tono divertido alzando una mano para deslizar lentamente el pulgar por su labio inferior. —Deja de mordértelo, solo yo tengo derecho a hacerlo.
—Oh, venga ya... —la mujer se apartó entonces, frunciendo el ceño, pegando su espalda contra el cristal de la ventana. —No me vengas ahora con tonterías románticas y bla bla bla, ya está hecho. Has cobrado el precio por venir hasta aquí aunque por regla general siempre había escuchado otros muy diferentes.
—¿Estás molesta?
—Estoy cabreada porque me parece estúpido que hayas venido para pasar una noche conmigo y después desaparecer. —comentó para después chasquear la lengua. —Sé quién demonios te ha llamado y voy a despellejarla viva, te lo juro.
—Me parece una amenaza bastante vana... —respondió, sonriendo de medio lado. —Por mucho enfado que escucho en tus palabras, no lo leo en tus ojos. Además, me has mentido, supuestamente no sabías nada de todo esto.
—Y no sabía nada. —dijo mientras sujetaba con más firmeza la sábana con la que él había comenzado a jugar hasta descubrir sus senos. —Pero tuve una llamada... justo cuando me imagino que tú apareciste. ¿Cómo te ocultaste de mí?
—Si te lo dijera, querida, perdería toda la gracia.

La respuesta murió una vez más en sus labios cuando él se inclinó reclamándola, una vez más. Su cerebro desconectó y solo supo responder a esa boca que comenzó a modelar la suya, comenzando por las comisuras y muriendo en su mentón antes de volver a tomar en ataque directo sus labios. Solo mantuvo las manos sujetando la sábana hasta que  perdió por completo la cordura y pegó su cuerpo al suyo porque de repente tenía frío y él era la única fuente de calor que había. O al menos eso fue lo que le gustó pensar en ese momento, en un instante de lucidez. Las manos de él recorrieron su espalda hasta que una bajó tomándola por la cintura y la otra subió para sujetar su cabeza e impedir de esa manera que se moviera, como si ella fuera a irse a algún lugar que no fuera de vuelta en la cama.

Pronto estuvieron de nuevo entre las mantas, con sus cuerpos entrelazados y con esa Esencia que burbujeaba a su alrededor acunándolos. Por esa noche, eran Morrigan y Dagda yaciendo en los brazos del otro. En ese momento, eran la unión de ambos mundos en la noche de Samhain, cuando el velo se hacía tan fino que se tocaban. Eran la expresión máxima de que, en el fondo, no eran diferentes. O quizá solo era ese instante. Solo era ese momento en el que se encontraban. Quizá fuera por las corrientes que se deslizaban a su alrededor que hacía que se buscaran una y otra y otra vez, a lo largo de todas las horas de la noche. Quizá fuera que los designios de los Dioses habían hecho que se encontraran después de décadas en las que ningún mortal se había encontrado con un Ser del Otro lado. Quizá fuera, simplemente, que en las Estrellas estaba escrito que aquel encuentro ocurriera.

Como fuera, aquella noche de Samhain iba a marcar su vida de una manera que jamás hubiera imaginado aunque ella no lo supiera en el acto, aunque él volviera de vuelta a su Tierra en un viaje que hizo que dejara parte de su alma atrás. No se dieron cuenta mientras yacían en los brazos ajenos, ni tampoco cuando al día siguiente ella se encontró sola en la casa y pensó que todo era un sueño... si no fuera porque a la altura del corazón tenía una marca en forma de espada que antes no estaba y que no se iba por mucho que los días pasaran.

La Rueda había comenzado a dar una nueva vuelta y sus Destinos, para bien o para mal, se habían entrelazado comenzando a crear un nuevo trozo del Tapiz mostrando que sus Mundos no eran tan diferentes como se había creído siempre.

FIN

sábado, 3 de noviembre de 2012

{Drabble} 3. Color - Tabla I




Título: 3. Color (Tabla I de Drabbles).
Personajes/Pareja: JaeJoong, Yunho, de pasada Junsu, Yoochun y Changmin.
Rating: PG.
Género: Romance.
Resumen: Antes.
Disclaimer: Por mucho que me gustaría lo contrario, se pertenecen a ellos mismos.

Era Viernes y JaeJoong estaba preocupado. No porque lo fuera, sino por otro motivo muy diferente. Llevaba todo el día fijándose en aquel que habían denominado como líder del grupo a pesar de que era unas semanas menor que él mismo. Se movió incómodo repitiendo los pasos de una coreografía que le estaba costando más de lo que debería mientras miraba su espalda. Junsu y él lo hacían como si fuera la cosa más fácil del mundo, como si la música los poseyera y de repente todo fuera fácil. Sin embargo para él era muy diferente. Respiró hondo y frunció el ceño cuando Yunho se giró para mirarlo. No tenía buen color, estaba pálido y podía notar desde donde se encontraba que el sudor que perlaba su frente no era el habitual, por mucho que llevaran horas entrenando.

—Nos tomamos un descanso.
—Todavía no hemos terminado, Jae. —respondió el líder mirándole con el ceño fruncido.
—Cinco minutos, siento que las piernas se me van a caer a pedazos.

Yunho asintió al final y vió cómo los bailarines desaparecían. No le hizo falta más que una pequeña mirada para que sus tres amigos le dejaran a solas con el líder que se encontraba junto al banco donde tenían sus cosas pasándose una toalla por el cuello retirándose el sudor. Jaejoong se acercó hasta allí con el ceño ligeramente fruncido y se detuvo a unos pocos pasos a su derecha viendo cómo Yunho le ignoraba. Si había algo que odiaba por sobre todas las cosas es que no le hicieran caso y él lo sabía mucho mejor que los demás. Se movió incómodo, de un lado para otro, hasta que finalmente se movió hacia delante y tiró de él para que se agachara, depositando un beso en su frente que quizá duró más de lo que debería. 

—¿Qué se supone que haces? —masculló el hombre echándose ligeramente hacia atrás.
—Ver si tienes fiebre.
—¿Q...é?
—¿Acaso crees que había alguna otra intención? —preguntó JaeJoong con una sonrisa irónica en los labios mientras se cruzaba de brazos. —Los labios de una persona son una de las zonas más sensibles precisamente para asegurarse de dos cosas... una, que la comida que das al bebé no está demasiado caliente que directamente está relacionado con lo que acabo de hacer. —el más mayor apoyó entonces las manos en las caderas y le miró con una amplia sonrisa. —Y tienes fiebre, así que ya puedes ir diciendo a todo el mundo que nos vamos a casa a descansar o te juro que te haré tal boicot que se te van a quitar las ganas de todo.
—¿Me estás chantajeando?

La discusión siguió y siguió, incluso cuando llegaron de vuelta los bailarines, pero ya estaban acostumbrados a aquello y también sabían perfectamente quién iba a ganar. Lejos quedó la segunda razón que JaeJoong no había dicho, pero no lo hizo ese sabor de la piel de Yunho que se quedó en sus labios y que no consiguió quitarse en toda la noche. 


Título: 3. Color (Tabla I de Drabbles).
Personajes/Pareja: JaeJoong, Yoochun, nombrados Yunho y Junsu.
Rating: PG.
Género: Romance.
Resumen: Ahora.
Disclaimer: Por mucho que me gustaría lo contrario, se pertenecen a ellos mismos.

—Acabarás por hacer un surco en la alfombra, Jae.

Yoochun apartó la mirada de la televisión para fijarla en su mejor amigo que no dejaba de moverse de un lado para otro como si le estuvieran persiguiendo los mil perros del infierno. Fuera era de noche ya, lo que hacía que solo predominara el color oscuro, dentro las luces iluminaban el lugar con claridad mostrando los tonos pastel que había elegido para su salón. Sobriedad y elegancia, junto con comodidad era lo que había buscado cuando por fín se había decidido por un lugar para llamar hogar aunque cuando estuviera trabajando muchas veces no pudiera siquiera dormir en su cama. Jaejoong observó una vez más por la ventana y después se acercó hasta el sofá junto a su soulmate dejándose caer.

—Está enfermo.
—Ajá.
—Está por todos los fanclubs y sin embargo se ha ido a la mierda esa de la SMTown.
—Mmm.
—Tiene mal color, lo he visto en la entrevista... —se movió incómodo en el sofá y se fue a incorporar una vez más, pero la mano de Yoochun sujetándolo por el brazo se lo impidió y se volvió a girar hacia él. —No va a parar hasta caer exhausto, seguro que se desmaya o vete a saber qué.
—Es mayorcito para saber lo que está haciendo, Jae.
—Tú sabes cómo es. Se va a esforzar al máximo,  todo por su puta idea de responsabilidad y lealtad.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Plantarte allí? —preguntó Yoochun y se arrepintió prácticamente en el acto al ver la mirada de Jaejoong. —No puedes hacerlo.

El silencio los recorrió entonces, envolviéndolos, en un duelo de mirada. El color oscuro de ambas brillaban con decisión. Yoochun mostrándose todo lo calmado que podía, intentando contener las ganas de hacerle ver que no podía hacerlo aunque fuera obligándolo a ello, echando de menos a Junsu en ese momento porque entonces serían dos contra uno. Jaejoong intentando centrarse en que no podía hacerlo aunque quisiera. En que tenía una serie de responsabilidades y un avión que tomar rumbo a la India en apenas unas horas. Sin embargo estaba desesperado.

—Oh, maldita sea. —terminó por decir, revolviéndose el pelo que tenía reflejos de color cobrizo mientras que finalmente miró a  su amigo de nuevo. —Ni siquiera le dije la segunda razón de por qué los labios son tan sensible...

Si a Yoochun le sorprendió esa última declaración no lo demostró, simplemente le pasó el brazo por los hombro y Jaejoong terminó por apoyarse contra él mientras se quedaban en silencio mirando la televisión... o mejor dicho, viendo los colores que aparecían en la pantalla porque ambos estaban metidos en sus propios pensamientos sobre esa segunda razón de por qué los labios son tan sensibles.

lunes, 22 de octubre de 2012

{Serial} Blue Moon - Cap. 2



Blue Moon - Capítulo II

Orgullo. El orgullo de un guerrero. Los labios de JaeJoong se curvaron en una lenta sonrisa mientras observaba al hombre que tenía delante de él. Había podido ver la batalla que se había producido en aquel lugar no hacía más de unos pocos minutos. Detestaba a esos sacos de pulgas, pero sí que sabía reconocer que eran unas malditas máquinas de matar perfectas. La mirada de ojos oscuros del vampiro se deslizó de forma apreciativa por el cuerpo del licántropo, pudiendo ver cómo las heridas se estaban curando a una velocidad asombrosa. Ni siquiera ellos, que tenían también la capacidad de regenerarse, podían compararse. La sangre azotaba sus sentidos y tenía que controlarse aunque sabía perfectamente que la gente no entendía hasta qué punto tenía que hacerlo. Era un olor que lo inundaba todo y que provocaba que sus colmillos comenzaran a mostrarse, aunque se contuvo. No era un neonato inexperto. Sonrió brevemente mientras daba otro paso más.

Le habían hablado sobre el hombre que tenía delante de sí. Y lo que había visto esa noche confirmaba cada una de las advertencias, cada uno de los susurros, cada secreto a media voz que había volcado en sus oídos la tela de araña que había formado desde hacía mucho, mucho tiempo, en torno a la ciudad de Seúl. Quería creer que no había nada que sucediera en aquel territorio que él no supiera, aunque en ocasiones sabía que había filtraciones o que directamente no podía controlar absolutamente todo. Deslizó lentamente su lengua por sus labios, notando todavía el resto del sabor acre de la cena de aquella noche. 

—Me alegra ver que los rumores son ciertos. —comentó con una pequeña sonrisa en los labios mientras clavaba sus ojos oscuros en los café de él. —Hubiera sido una verdadera decepción que no fuera así.
—¿Qué es lo que quiere de mi?

Los ojos del vampiro chispearon por un momento en un amenazante tono rojizo mientras observaba el cuerpo del licántropo. El tono, a pesar de haber utilizado un lenguaje completamente formal, tenía un rastro de burla que no se le había pasado por alto. De la misma manera que la postura ligeramente tensa le indicaba que estaba preparado para una confrontación si las cosas se ponían feas. Aunque le hubiera gustado poder llevarlo al límite para saber hasta qué punto era tan bueno como todo el mundo decía,se contuvo. JaeJoong no era estúpido, necesitaba de los servicios del hombre que tenía delante de él y no pensaba estropearlo por un impulso provocado por la testosterona. La racionalidad le diferenciaba de todos aquellos seres  inferiores con los que se obligaba a tratar para poder expandir su poder. Y había aprendido, muy bien además, que solo tenía que mostrarse amable para poder conseguir mucho más que si comenzaba exigiendo.

—Me dijeron que si quería buscar a alguien, tenía que hablar contigo en primer lugar. —respondió por fin, metiendo las manos en el interior del largo abrigo negro que llevaba y clavando sus ojos en los del hombre lobo. —Tienes una fama que te precede como el mejor Rastreador de la ciudad.
—No es una fama inmerecida. —contestó a su vez Yunho con una seguridad en sí mismo aplastante, que arrancó una pequeña sonrisa en el vampiro. —Ni siquiera un vampiro o un hechicero experimentado puede compararse con mi olfato.
—Es algo que he podido ver en acción esta noche. —la voz, casi un ronroneo del vampiro, se extendió por el callejón mientras se movía para acercarse un poco más al licántropo. Yunho parpadeó por un instante, moviendo la cabeza de forma negativa como si de esa manera pudiera alejarse de esa voz insinuante que a veces se convertía en puro hechizo. —Necesito tu ayuda para un asunto... especial.
—¿Acaso no tenéis vuestros propios Rastreadores? —preguntó con un pequeño deje de burla. —¿Cómo vais a permitir que alguien ajeno se meta en vuestros asuntos?
—En realidad, es algo que nos afecta a ambas razas.

Yunho arqueó brevemente las cejas abandonando durante un instante esa postura en la que indicaba que no le importaba nada, dejando ver una pequeña chispa de curiosidad y JaeJoong lo aprovechó. Ver las debilidades de sus contrincantes siempre había sido una de sus mejores bazas, algo que hacía de forma natural para conseguir una serie de ventajas sobre ellos. Y aquella vez no iba a ser una excepción. Estaban apenas a unos pasos el uno del otro, puesto que había roto la distancia. El olor que desprendía aquel ser le había atraído como lo hacía la miel con las abejas. 

—Habrás escuchado sobre las desapariciones que se están produciendo en las orillas del río Han las noches de Luna Llena, ¿no es cierto?
—Siempre suceden este tipo de cosas cuando está mostrando todo su rostro, es algo bastante habitual. —declaró el licántropo, cruzándose de brazos y mirando al vampiro con mucha menos atención ahora.
—Es cierto, siempre hay problemas y siempre suelen estar relacionados con la falta de fuerza de voluntad de vuestros cachorros. —atacó entonces el vampiro, continuando sin permitir que el licántropo pudiera contestar más allá de un gruñido que salió de lo más profundo de su garganta en una clara amenaza. —Sin embargo, por una vez, las pruebas se alejan de uno de los tuyos... y van en una dirección diferente.
—Si ya sabéis de qué se trata, ¿por qué me necesitáis?
—Claramente no para investigar. —el tono irónico del vampiro apareció y el hombre lobo se tensó todavía más. —Es tu capacidad para localizar lo que nos interesa. 
—Eso ya lo has dicho. —el rostro de Yunho no mostró ni una sola emoción. —Me siento muy halagado, pero no me interesa.

La tensión aumentó de forma significativa, JaeJoong notó la ironía en sus palabras y arqueó una ceja de forma interrogativa. Su cuerpo se mantuvo relajado, pero sin embargo el rostro amigable que había estado usando hasta ese momento desapareció por completo sustituido por la seriedad que el momento necesitaba. Aquel asunto no era un simple capricho, ni siquiera era algo que pudieran obviar como algo menor. En absoluto. Si no hubiera sido de esa manera no se hubiera rebajado a hablar con aquel ser que claramente no podía compararse en absolutamente nada con él. La frialdad que siempre le rodeaba pareció acrecentarse a su alrededor y con satisfacción vio el gesto de incomodidad reflejado durante unos segundos en el rostro del hombre lobo. 

—Parece que no entiendes hasta qué punto esto nos afecta a todos nosotros, aunque no sé por qué no me sorprende. —las palabras fueron dichas con tono seco, como si fuera un látigo que buscaba la carne de su contrincante. —Cuando mires más allá de tu propio hocico, sabrás dónde encontrarme. 
—Lo estás haciendo francamente mal si estás buscando mi ayuda... —respondió entonces Yunho, bajando ligeramente la cabeza mientras clavaba su mirada en la del vampiro.
—No te confundas. —apretó los labios, moviéndose hasta que ambos cuerpos se pegaron mientras le miraba directamente a los ojos a pesar de la diferencia de alturas. —Te estoy pidiendo amablemente algo que antes o después vas a tener que hacer, te guste o no.

Silencio, silencio únicamente roto por el sonido amortiguado del tráfico más allá del callejón donde se encontraban. Ninguno de los dos estaba dispuesto a romper el contacto visual porque significaría darse por vencido en aquella batalla silenciosa. Rendirse ante un enemigo endémico, que llevaba como tal desde hacía demasiado tiempo porque en realidad eran dos naturalezas distintas: el uno era la vida en su más puro estado, el otro era la muerte y no se molestaba en ocultarlo. Los ojos oscuros del vampiro se deslizaron por un momento, bajando hasta esos labios que se encontraban apretados, notando cómo los músculos de la mandíbula se tensaban al apretar el licántropo los dientes, antes de subir de nuevo su mirada a los ojos rasgados del otro. Lentamente una media sonrisa apareció en sus labios.

—Investiga si quieres, habla con tu Alfa, infórmate de lo que está pasando... —ladeó entonces el rostro y alzó la mano para colocar el cuello de la cazadora de Yunho, esbozando una pequeña sonrisa de nuevo al ver cómo el licántropo no se movía, rozando apenas un segundo con sus nudillos la cálida piel del hombre por encima del cuello de la camiseta negra que llevaba y sintiendo casi como si lo quemara. —Hazlo y cuando veas que solo has estado retrasando lo inevitable, ven a hablar conmigo.

No dejó que el hombre lobo contestara sino que se giró dándole la espalda. Sabía que aquello podría significar estar en desventaja si al otro ser le daba por atacarlo, pero confiaba lo suficiente en sus capacidades sobrenaturales como para permitirse ese lujo. Aquella noche, a pesar de lo que pudiera parecer, no había sido desaprovechada del todo. Había conseguido un primer acercamiento a esa pieza del gran rompecabezas que era la Seúl nocturna. Lo que estaba seguro era de que jamás se olvidaría de aquel encuentro porque por mucho que el licántropo lo pudiera negar, jamás había conocido a un ser como él. JaeJoong lo sabía y Yunho también aunque no estaban concenciados de lo que ese encuentro iba a significar no solo para la historia de la ciudad sino también para la suya propia. 

Yunho observó entonces cómo el vampiro salía como si nada del callejón y entonces se giró para observar el cuerpo de su hermano, aquel que había caído sin vida. Apretó los labios brevemente comenzando con una de las cosas que más le desagradaban de ese trabajo: tener que limpiar todo y no dejar evidencias de lo que había sucedido allí.

~*~*~

Yunho llegó a su apartamento cuando el sol comenzaba a alzarse por encima de los altos edificios y tiró la cazadora de cuero sobre el sofá tras haberse descalzado en la pequeña entrada. Sin preocuparse en calzarse de nuevo, se adentró por la habitación dejando escapar un ligero suspiro que reflejaba todo el cansacio que tenía encima. Se sentía sucio y sabía perfectamente que apestaba, tanto al olor de la ciudad como al de la muerte. Es más, en ese momento si se olfateaba podría notar el pestazo. La noche había sido de lo más extraña, una noche muy diferente de lo que hubiera imaginado en un primer momento. A pesar de que la “cacería” había sido todo un éxito, todavía revoloteaban por su cabeza las palabras que le había dicho el vampiro y eso le molestaba, le jodía y le cabreaba. Sabía que tenía que hablar con el Alfa para poder saber hasta qué punto lo que le había dicho era verdad o una de las muchas mentiras que poblaban el mundo vampírico. Aquellas criaturas eran sibilinas y siempre estaban manipulando, un juego en el que no estaba dispuesto a entrar.

Se acercó hasta el frigorífico para abrirlo y sacar una botella de zumo, dando un largo trago mientras en su mente volvían a repetirse como si se tratara de una película las imágenes de aquella noche. Había escuchado hablar sobre las desapariciones que se daban a lo largo de las riberas del río Han, pero lo había achacado a algún cachorro que no terminaba de controlarse. Seúl era una ciudad lo suficientemente grande como para que en ocasiones sucedieran ese tipo de situaciones: seres sobrenaturales desconocidos que se cobraban el precio de su condición en sangre. Por regla general las diferentes razas se hacían cargo de la situación y o bien acababan con el ser problemático, como había hecho él esa misma noche, o lo asimilaban en su organización.

Durante el tiempo que llevaba en la ciudad, había sido así, sin embargo el presentimiento que había tenido cuando aquel vampiro se había presentado delante de él, le indicaba demasiado claramente que las cosas no iban a ser tan fáciles como lo habían sido hasta ese momento. Min Ah había dicho que se aproximaban aires de cambio, nubarrones que seguramente terminarían en Tormenta, y tenía la suficiente confianza en ella como para saber que no hablaba porque sí. Sacó el teléfono del bolsillo delantero de su vaquero y jugueteó con este por un instante entre sus dedos, antes de decidir que era mejor darse una ducha rápida.

Apenas media hora más tarde salió de la ducha con una toalla en las caderas y el teléfono en la diestra marcando con rapidez un número de teléfono que se sabía de memoria y que no había hecho falta que grabara en el teléfono. Uno, dos, tres toques y una voz adormilada contestó al otro lado provocando una media sonrisa al escucharlo. 

—¿Estabas dormido?
—Joder... —los ruidos que llegaron a través del teléfono le indicaron a Yunho que se estaba levantando seguramente para salir de la habitación en la que se encontraba. —Pero qué cojones... —el licántropo se acercó hasta donde había dejado olvidada la botella de zumo para darle un nuevo trago. —Jung... ¿qué hora es?
—Lo suficientemente tarde como para que levantes el puto culo de la cama y te pongas en movimiento.
—Un día de estos te despellejaré por hablarme así. —un segundo de silencio y el sonido del agua corriendo fueron el suficiente indicativo para saber que seguramente se estaría lavando la cara. —¿Por qué demonios llamas a estas horas?
—Fuiste tú el que me dijo específicamente que te llamara cuando hubiera terminado el trabajo.
—Sí, pero no a las seis de la mañana, joder. —se pudo escuchar un gruñido con toda claridad y los labios de Yunho se curvaron de nuevo. —Borra esa puta sonrisa y dime cómo ha ido todo.
—Bastante bien, a media noche más o menos lo tenía ya terminado, pero eso no es lo que en realidad quería comentarte.
—Hubiera sido mucho mejor esa hora... —refunfuñó el hombre que hablaba en la otra parte de la línea. —¿Limpiaste todo? No me gustaría tener a los ineptos de la pasma detrás de nuestro culo.
—No queda ni rastro, pero sin embargo tuve un espectador inesperado. —respondió el licántropo mientras se apoyaba contra la barra americana que separaba la cocina del salón. El silencio le indicó que esperaba que continuara. —Kim JaeJoong, ¿te suena?
—¿La sanguijuela? ¿qué es lo que quería?
—”Contratar” mis servicios, por lo que parece. —apretó los labios al recordar el encuentro y sin darse cuenta de lo que estaba haciendo se frotó el punto exacto donde los nudillos del vampiro habían rozado su piel. —Está relacionado con los casos de desapariciones en la orilla del Han.
—¿Lo que suponíamos que eran provocados por uno de los nuestros?
—Esos mismos. Ya sabes que llevo unos meses rastreando por las inmediaciones de las desapariciones y no encontraba absolutamente nada. —de forma inquieta comenzó a moverse por el salón, sin poder mantenerse quieto, como si de repente la adrenalina hubiera activado a la vez toda la capacidad de acción del hombre lobo. —Según Kim se trata de algo que va más allá de los nuestros y de los suyos, pero no me ha especificado qué es, solo que necesita de mi olfato.
—¿Qué le dijiste?
—Joder, ¿qué piensas que le dije? —masculló Yunho mientras se detenía junto al ventanal mirando cómo el cielo comenzaba a clarear cada vez más. —Que se metiera sus putas intrigas por el culo y que me dejara tranquilo, que no estaba dispuesto a meterme en sus mierdas.
—Y conociéndote se lo habrás dicho así, tal cual, sin tacto ni diplomacia. —el toque de desesperación de la voz del Alfa desapareció cuando volvió a hablar. —No me gusta estar con los pantalones bajados y sin saber por dónde nos vienen los golpes, necesitamos saber YA qué demonios está sucediendo.
—Déjame llevarme a Min Ah conmigo la próxima vez.
—No.
—¿Por qué no? Tú mismo dices que necesitas saber qué está pasando y ella tiene una capacidad que ninguno de nosotros tenemos.

Yunho sabía perfectamente que aquella posibilidad no le gustaba en absoluto, pero si querían entender qué era lo que el vampiro había querido decir, necesitaban movilizarse lo antes posible con todos los activos disponibles. Shin Min Ah lo era, por mucho que al Alfa no le gustara admitirlo. Lo dejó que pensara con tranquilidad mientras observaba cómo por fin el sol salía y las sombras comenzaban a desaparecer, algo que le gustaba, más desde el encuentro de hacía apenas unas horas. Ni siquiera un bastardo de la capacidad de Kim JaeJoong podía enfrentarse a los rayos destructores del Astro Rey. 

—Trae todo lo que tengas en cinco horas.
—Puedo ir ahora mismo.
—Necesito que tengas el cerebro a pleno rendimiento así que vete a dormir y no hagas ninguna gilipollez.

La llamada se cortó y Yunho dejó escapar un ligero suspiro. Había intentado llegar a algún tipo de conclusión, pero todos los caminos daban miles de recovecos que no llevaban a ningún lado. Se frotó el rostro durante un instante antes de poner el teléfono en silencio. No querría por nada del mundo que lo despertaran antes de esas horas que le habían dado para recuperarse. No es que necesitara dormir demasiado, pero estaba agotado y la energía que había utilizado aquella noche tenía que ser recuperada durmiendo. Sin preocuparse en quitarse la toalla humedecida, se dejó caer en la cama del dormitorio y cerró los ojos. Apenas unos segundos más tarde Morfeo lo recibía en sus brazos y el mundo dejó de existir para él.

lunes, 15 de octubre de 2012

{Serie} Blue Moon - Cap. 1



Blue Moon - Capítulo I

—Maldita sea.

La maldición se escuchó con demasiada claridad en mitad de aquel callejón apenas iluminado. El hombre se incorporó en toda su estatura de su posición semi acuclillado y miró a su alrededor como si estuviera buscando algo. Los ojos brillaron por un momento en un color dorado acostumbrándose a la falta de luz. Aquel era uno de los peores lugares en los que podía encontrarse en Seúl y lo sabía. El olor a suciedad lo llenaba todo, pegándose a su piel, a su pelo y a sus ropas como si fuera una capa de la que estaba deseando desprenderse. Esa era una de las razones por las que prefería vivir mil veces fuera de la urbe o en algún lugar donde la contaminación no llegara a los extremos de aquel lugar. Apretó con fuerza la mandíbula al tiempo que comenzaba a dirigirse hacia la salida del callejón con largas zancadas.

Su olfato le indicaba que no estaba allí. Un gruñido de pura frustración se desprendió de lo más profundo de la garganta apretando por un momento el puño derecho. ¿Cuánto tiempo llevaba siguiéndolo? Lo suficiente como para perder gran parte de la noche. Se sentía inquieto, demasiado, mucho más de lo que era habitual en él que estaba acostumbrado a mantenerse en calma en cualquier situación. Aquello tenía que cambiar y lo sabía, tenía que tranquilizarse antes de que todo se le fuera de las manos. De forma instintiva alzó el rostro hacia el cielo donde la Luna brillaba de forma amenazante en todo su esplendor. Jamás había entendido a aquellos que adoraban a ese astro que podía ser tan atemorizante, o más, que una pistola apuntándolo. La respetaba, pero no se hincaba de rodillas para ofrecerle su vida como había visto hacer a algunos de sus congéneres. 

Selene, como la llamaban algunos de sus hermanos europeos, era una zorra que podía llevarse lo mejor de un hombre en una sola noche. Podía cambiarlos hasta destrozar por completo sus códigos de conducta y desnudarlos mostrando la bestia que habitaba en su interior. Aquellos cachorros que no tenían la fuerza suficiente estaban por completo indefensos delante de su poder y de su atracción, que ejercía sobre todos y cada uno de ellos de forma implacable. Algunos habían aprendido a superarlo, a ser más fuertes que sus insinuaciones y habían conseguido vivir sus vidas lejos de su influencia. Sin embargo, todos y cada uno de ellos alzaba el rostro para verla por las noches al menos una vez, como si el susurro de la amante perdida volviera a acariciar sus oídos provocando un escalofrío que no podían contrarrestar y que muchos anhelaban sentir recorriendo cada palmo de su piel.

Sus pasos le sacaron del callejón comenzando a bajar con rapidez por una de las tantas escaleras que se encontraban en aquella zona de Seúl. Era un barrio lo suficiente tranquilo como para no cruzarse con nadie, por el momento. Al menos en ese lugar parecía que los humanos eran todavía lo suficiente inteligentes como para estar encerrados en su casa manteniéndose a salvo de lo que estaba sucediendo en el resto de la ciudad. Su fino oído podía escuchar con claridad cómo coches de la policía y ambulancias recorrían la urbe un poco más abajo. Seguramente algún tiroteo entre bandas, un encuentro desafortunado que no tenía nada que ver con la vida sobrenatural de la ciudad. O, al menos, eso esperaba.

Lo olió antes de verlo. Allí estaba de nuevo, un poco más adelante en otro de los tantos callejones que marcaban aquella zona en especial de la capital coreana. Maldijo brevemente. Se movía con rapidez y tenía que hacer lo mismo si no quería volver a perderlo. La sangre comenzó a bombear con fuerza, acelerando su corazón y dándole la rapidez que necesitaba. La figura del hombre fue apenas un borrón en apenas unos segundos mientras corría con la velocidad que solo los de su raza podían llegar a alcanzar. Saltó por encima del capó de un coche aparcado y se adentró sin pensar en las consecuencias en un callejón que se encontraba incluso peor iluminado que  aquel del que había salido apenas unos minutos atrás.

Sintió cómo la oscuridad le engullía y cómo sus ojos cambiaban de forma automática para adaptarse a la misma, tomando por un instante un brillo dorado como lo habían hecho antes. Aquello provocaba un ligero dolor en el fondo de su cabeza pero no le importaba. No, ese no era el momento de pensar en aquello, sino en aquella otra figura que se encontraba unos metros más allá. Sabía quién era, lo conocía, había visto cómo crecía. Era una especie de hermano pequeño y, sin embargo, aquella noche sabía que tenía que cazarlo. Pudo ver el reconocimiento en aquella mirada oscurecida, en aquellos labios que se curvaron en una media sonrisa.

—Oh... pero si han enviado el perro a cazarme. —la voz burlona provocó que el hombre se tensara mientras observaba al otro hombre más joven, deteniéndose en cada uno de los movimientos.
—Tú mismo has provocado esto, Hwan, en el mismo momento que rompiste todas las reglas.
—Y tú siempre las sigues, ¿verdad Jung? —el tono sedoso de su voz provocó que sus ojos se entrecerraran un poco más. —Siempre serás el perro de caza que impide que las manos del Alfa se ensucien. Siempre harás todo lo posible por evitar que su señoría sea el que tenga que ejecutar sus sentencias.

Ese tono burlón provocó un nuevo gruñido en el hombre que se encontraba cada vez más alterado. A pesar de lo que pudieran decir muchas leyendas, el ser que tenía delante era capaz perfectamente de razonar, al menos en ese momento completamente saciado. El frenesí ya había pasado por completo y solo quedaba la satisfacción que esto provocaba, el pequeño letargo que hacía que todo fuera mucho mejor, como el que se metía un chute de alguna droga dura. Sin embargo, no significaba que no fuera peligroso ni mucho menos. En ese momento sabía que era mucho más fuerte que él, que tenía una energía desmedida y que podía hacer que todo se tambaleara a su paso, incluso su propia voluntad, si se enfrentaba a él.

—Tiene otros asuntos mucho más importantes que atender que dedicarse a poner un correctivo a cachorros imprudentes.

El gruñido que aquel comentario provocó en el otro hizo que Yunho esbozara una lenta sonrisa mientras se preparaba para lo que iba a pasar a continuación. Era uno de los mejores en lo suyo, era la mano derecha del Alfa. Un lobo solitario que se alejaba de la manada únicamente para volver a acercarse a ella en momentos como aquel, en el que sus servicios eran requeridos. Se trataba de uno de los mejores rastreadores que tenían y todo el mundo sabía que si Jung te estaba siguiendo el rastro estabas perdido. 

Hwan no era estúpido, había aprendido junto al mayor muchas de las cosas que sabía puesto que él mismo iba a formar parte de ese grupo exclusivo que velaba por que las reglas no fueran rotas y si sucedía, entonces tomar represalias. Al menos lo había sido en una vida que le parecía cada vez más lejana. Los ojos completamente negros, en los que no había ni rastro de blanco, observaron con atención al hombre que tenía delante. Se sentía fuerte, poderoso, saciado. Un gruñido gutural salió de nuevo de su garganta mientras notaba cómo el cambio seguía su proceso, cómo su cuerpo aumentaba de tamaño, cómo su cuerpo crecía en musculatura hasta el punto de que la ropa se rasgó por completo. 

—Ya comenzaba a aburrirme.

Las palabras burlonas del rastreador hicieron que el cachorro soltara un gruñido más fuerte y que sin pensar en las consecuencias se lanzara hacia delante dispuesto a destrozarle en su camino. Jung se movió entonces hacia un lado esquivándolo con la habilidad que había adquirido con el paso de lo años y de enfrentamientos similares a aquel. Tenía cicatrices en el alma que mostraban aquello, aunque no todo el mundo pudiera llegar a verlas o reconocerlas. La primera patada, directa hacia la rodilla de su adversario, no llegó a golpear por apenas unos milímetros y tuvo que agacharse hasta rodar por el suelo, incorporándose unos metros más allá, para evitar que las garras del ser le arrancaran la cabeza.

Sonrió. Una sonrisa que no implicaba nada bueno sabiendo que era su turno. Pronto el lugar se inundó de gruñidos y quejidos, de golpes que destrozaban carne y llegaban hasta el hueso, de zarpazos que destrozaban ropa y hacían manar la sangre en borbotones, como si de una fuente se trata. Un gemido de puro dolor se escapó de los labios del rastreador cuando las garras del otro desgarraron su espalda con violencia, arrancando en el camino ropa y carne. La carcajada sobrenatural que acompañó a este gesto le indicó que la poca cordura que el cachorro hubiera podido mantener después del banquete que se había dado aquella noche de sangre y carne humana, había desaparecido por completo.

Ya no era Hwan, el hermano pequeño que él conocía, ahora era una aberración que tenía que desaparecer de la faz de la tierra. Había sido tocado por la mano del Corruptor y por esa razón tenía que hacer todo lo posible por llevarlo al ciclo natural una vez más. Su propio cuerpo comenzó a crecer, notando cómo los huesos se rompían y alargaban, cómo el cuerpo comenzaba a convertirse en una de las peores pesadillas que los humanos imaginaban cuando en el pasado se reunían alrededor del fuego para contar las leyendas que los atemorizaban, susurradas a media voz. El vello negro, como la noche, comenzó a cubrir todo su cuerpo y pronto, donde hacía unos instantes había un hombre, se encontraba una criatura que se alzaba casi hasta los tres metros, con cabeza de lobo y un aspecto humanoide que hizo que el otro ser se encogiera por un segundo de temor reconociendo la supremacía del ser que tenía delante de él antes de comenzar un cambio muy similar al que acababa de suceder.

Blanco contra negro, luz contra oscuridad, se encontraron cara a cara. Sin embargo, las apariencias engañaban. Desgarros y huesos fracturados, sangre que empapaba un suelo tan sucio que seguramente nadie se daría cuenta de lo que había sucedido en ese lugar al día siguiente. Nadie tendría el coraje de adentrarse en ese lugar. Si había alguien despierto en ese lugar a esas horas, seguramente habría cerrado con firmeza las ventanas, bajado las persianas y procurado ignorar los aterrorizantes sonidos que se escuchaban provenientes de ese lugar.

El lobo negro hundió con firmeza sus garras en el vientre del otro, desgarrando piel, músculo y carne, tirando hasta provocar una herida mortal. El otro cuerpo comenzó su transformación inversa después de que el pelaje blanco comenzara a empaparse de su  propia sangre durante unos segundos, al menos antes de que volviera a ser un simple humano delante de un monstruo lleno de sangre y heridas. Las manos del caído aferraban su vientre, manos llenas de sangre y una mirada que se alzó confundida hacia arriba, hacia ese otro hombre que se encontraba delante de él donde hacía unos instantes se encontraba una bestia de pesadilla.

—No...
—Sabías lo que sucedería si rompías las normas, cachorro.
—Ten piedad, no volverá a suceder. —susurró con voz entrecortada mirando al menor, una mirada que recordaba a la persona que había sido antes de aquella noche.

Jung Yunho se acuclilló para ponerse delante de él. Sabía demasiado bien lo que tenía que hacer, lo más rápido posible, antes de que las heridas comenzaran a sanarse como estaba pasando con las suyas. Sabía que tenía que acabar con aquello, evitarle a él el sufrimiento de ver cómo la vida se escapaba de entre sus manos al mismo tiempo que su naturaleza buscaba salvarlo. Sin embargo, en aquella mirada podía ver al hermano que había visto crecer, al cachorro que había enseñado y que había estado a punto de convertirse en una de sus manos derechas. Por esa razón intentaba no acercarse a los demás, porque en el momento en el que tenía que convertirse en el rastreador no podía dejar que los sentimientos y emociones se mezclaran con aquello que tenía que hacer.

—Lo volverías a hacer, cada una de las noches de Luna Llena, Hwan, y lo sabes. —el miedo que había en la mirada del otro hizo que le mirara con algo que parecía pena mientras se volvía a incorporar una vez más. —Y no podemos permitir que suceda algo así.

Extendió el brazo derecho entonces, alzando la manga de la camiseta negra que llevaba puesta y que había vuelto a aparecer en su sitio después de la transformación. Era uno de los tantos fetiches que llevaba anclado a su cuerpo y que los chamanes habían conseguido que fuera así. Allí, en el antebrazo de su brazo izquierdo el tatuaje en forma de daga con símbolos antiguos pareció brillar por un momento cuando el hombre deslizó sus dedos por encima de este. El tatuaje desapareció entonces de la piel del rastreador mientras miraba al otro que se encontraba de rodillas delante de él, esperando la sentencia y al mismo tiempo suplicando por su vida. Una súplica que él no había atendido cuando destrozó y devoró los cuerpos de aquella familia dos días antes, cuando el poder de la Luna Azul había descendido como una maldición sobre él, cuando se había dejado llevar por el Corruptor y había caído en la espiral de muerte y destrucción que los había llevado hasta ese momento. Ambos sabían lo que iba a suceder a continuación cuando el filo acerado brilló alzándose en la noche y descendió en un arco que provocó que cabeza y cuerpo se escindieran, rodando la primera unos metros más allá, en un corte limpio que hablaba de fuerza, pero también de demasiadas ocasiones en las que había tenido que hacer algo similar.

—Que Ella tenga a bien acogerte en su seno. —susurró el rastreador, limpiando en la ropa del otro la sangre que se había pegado al filo.

Pasó entonces por encima del cuerpo del caído al tiempo que dejaba que la espada utilizada volviera a formar parte de su propia piel, notando cómo ardía la zona cuando tomaba forma de nuevo el tatuaje. Apretó los dientes con fuerza. El lugar se encontraba invadido con el olor a la sangre y a la muerte. Un olor penetrante que impedía que cualquier otro pudiera llegar hasta su afilado olfato. Hasta el punto de que cuando escuchó los aplausos llegando desde la entrada del callejón tuvo que contener un pequeño sobresalto que, sin embargo, no pasó inadvertido para el hombre que se adentró solo unos pasos.

La tensión aumentó, una muy diferente a la que había estado presente durante todo el altercado anterior. Una tensión que hablaba de siglos de disputas y enfrentamientos. No era de extrañar que no hubiera olido nada que le pusiera en alerta de que estaba cerca puesto que el ser que tenía delante conjugaba sangre y muerte en sí mismo. La belleza de los hijos de la noche tenía en aquel ejemplar que tenía delante su máximo exponente y estaba claro que el otro lo sabía. Su rostro pálido, sus labios demasiado rojos que indicaban que se acababa de alimentar, ese cuerpo delgado cubierto por ropa negra que incluso para él mostraba que era de excelente calidad. Y después estaban sus movimientos, cada uno de ellos gritaba tan alto, que hasta un sordo podía escucharlo, una sola palabra: sensualidad.

—Ha sido un espectáculo de lo más divertido. —la voz azotó los sensibles sentidos del rastreador que se detuvo con el cadáver a su espalda.
—Me alegra ver que hemos conseguido divertirte. 

La risa cantarina del ser de la noche hizo que miles de escalofríos diferentes se deslizaran por el cuerpo, demasiado sensible todavía por la transformación, del licántropo. Una risa que hizo que su estómago se encogiera de puro rechazo por motivos de raza. Vampiros y hombres lobos se habían odiado desde el inicio del tiempo, mucho antes de que incluso los hombres supieran qué era qué, quién era quién. Antes de que todas las leyendas sobre ellos llegaran a enturbiar y mancillar sus nombres, quedando unos como los seductores por excelencia, los otros como poco más que máquinas de matar sin sentimientos que únicamente buscaban hundir sus fauces en la carne humana las noches de Luna Llena.

Cuando la risa se apagó, un pesado silencio se extendió entre ambos que se miraban observándose en silencio. Una tensión tan profunda que parecía que podía ser cortada por un cuchillo bien afilado, el mismo que Yunho lamentaba que no estuviera todavía en su mano para clavarlo en el corazón del otro ser que esbozó una lenta sonrisa que no le trajo buenas sensaciones, como si hubiera sido capaz de saber qué era lo que le pasaba por la cabeza y le hiciera gracia. Aunque no se hubiera movido, el licántropo era demasiado consciente del lugar exacto en el que se encontraba y que bloqueaba su salida de aquel lugar. El cazador se había convertido en la presa y estaba seguro de algo: no se trataba de un vampiro joven, si lo fuera no hubiera sido tan estúpido como para quedarse sabiendo que había dos hombres lobo tan cerca. Su sentido de la supervivencia lo hubiera llevado en dirección contraria.

¿Quién era? Esa duda le carcomía por dentro porque su instinto le indicaba que tenía que conocerlo, que debería saber de quién se trataba. Frunció el ceño mientras que todo su cuerpo se volvió a tensar en el mismo instante en el que el otro ser se adentró en el interior del callejón con movimientos lentos y comedidos, cargados de una fuerza contenida que para alguien como Yunho, acostumbrado a analizar a sus contrincantes, estaba ahí a simple vista. Sin embargo, estaba seguro, de que la mayoría de las personas y de los otros seres sobrenaturales únicamente verían la fragilidad aparente de ese cuerpo esbelto y atlético. 

—¿Vas a dejarlo simplemente ahí?
—¿Acaso te molesta? —preguntó el hombre lobo, bajando la mirada hacia el cuerpo decapitado del que hasta hacía apenas tres días era su hermano de manada.
—Tsk y después nosotros somos los que no tenemos corazón ni sentimientos. —comentó burlón el vampiro deteniéndose a apenas un par de metros de donde se encontraba Yunho, clavando sus ojos negros como la noche en el otro hombre. —Sabes quién soy, ¿verdad?

Esa pregunta hizo que todas las alarmas estallaran al mismo tiempo. Alarmas de peligro que incluso para un  guerrero como era él hacían que se pusiera todavía más tenso. Esa última pregunta, esas palabras dichas con mucha más seriedad que el resto de la conversación, le indicaron de quién se trataba. No estaba delante de un vampiro cualquiera, ni siquiera delante de un anciano cualquiera. No. Su mirada se mantuvo en la del otro ser que esbozó de nuevo esa sonrisa lenta que estaba seguro de que no indicaba nada bueno. Al menos nada bueno para él.

—¿No respondes? —preguntó entonces, una vez más, chasqueando la lengua en un gesto de desagrado. —Y yo que pensaba que me encontraba delante de un guerrero inteligente, al menos esos son los rumores que me llegan de tí, Jung Yunho.
—Sé quién eres.

De nuevo ese duelo de miradas, de voluntades, de forma silenciosa. El vampiro callado esperando con expectativa lo que él pudiera llegar a decir. El hombre lobo buscando las palabras adecuadas porque ahora sabía delante de quién estaba y que a pesar de todo, a pesar de todo el odio acumulado, a pesar de toda la rabia que sentía burbujeando en el interior de su cuerpo, tenía que andar con cuidado porque no se trataba de un vampiro cualquiera. Es más, en esos momentos se encontraba delante de uno de los seres más poderosos de la ciudad. Un ser al que debería mostrar respeto por ser quién era y lo que representaba. 

Sin embargo, Yunho no había llegado a la posición que tenía por haberse hincado de rodillas ante nadie, ni siquiera ante aquella a la que sus hermanos adoraban y muchas veces era considerada como una diosa. Ni siquiera los suyos habían conseguido doblegar su voluntad, muchas veces a base de latigazos y de ordalías de todo tipo que intentaban controlar un carácter demasiado impulsivo, demasiado solitario para el bien de la manada y de él mismo. Los lobos solitarios no sobrevivían de forma habitual. Los lobos solitarios eran encarcelados o dado caza porque rompían con todo lo que implicaba la sociedad en la que habían nacido. Los lobos solitarios eran una amenaza que había que erradicar y sin embargo Jung Yunho había conseguido ocupar un puesto de importancia dentro de la cultura de los licántropos cuando él mismo se aislaba de sus hermanos.

—Sé quién eres. —volvió a repetir entonces, mientras lo miraba con una calma que en realidad no sentía. En vez de inclinar el rostro como debería haber sido lo apropiado, el orgulloso hombre lobo se alzó en toda su estatura que superaba por unos centímetros la del vampiro. —Eres Kim JaeJoong. —los ojos del aludido brillaron entonces rojizos durante un instante al escuchar su nombre de labios del licántropo. —Dueño del “Blue Moon” y uno de los vampiros más ancianos de la ciudad de Seúl.

domingo, 7 de octubre de 2012

{Serie} Blue Moon - Prólogo



Blue Moon - Prólogo

           

El sol caía lentamente, sin prisa pero sin pausa, como llevaba sucediendo desde que el mundo era mundo. Aquella noche, sin embargo, era especial. Era la segunda luna llena del mes con todo lo que eso significaba. No era algo que sucediera a menudo, pero tampoco un hecho tan extraño como algunas personas podían pensar. A esa segunda luna llena se la conocía como “Luna Azul”, una luna en la que todo podía ser posible. Una Luna que algunos consideraban peligrosa porque aumentaba, de manera significativa, la violencia en la calle, los ataques de locura, los problemas de todo tipo que hacían que la sociedad pudiera llegar a terminar mal, muy mal. No se sabía la razón y los escépticos decían que era algo sin ninguna base científica, que no había nada diferente esa noche y que lo que sucedía era que se dejaban influenciar por la publicidad negativa que ese día tenía para muchos.

            En cambio había una parte de los habitantes de aquella ciudad que sabían que era real, demasiado real. Los influjos de la Luna afectaba de manera especial a determinadas personas. Mientras que para el resto de la sociedad no era más que algo anecdótico, quizá un comentario en broma en el lugar de trabajo, para otros era una realidad que había que tomar en cuenta y temer. Era una Luna de Invierno, no demasiado poderosa, pero sin embargo lo suficiente como para hacer que se tomaran en cuenta una serie de restricciones que no podían pasar por alto. El mantenerse dentro de sus hogares y no salir era uno de ellos. Estaban preparados para mantenerse a salvo, para alejar de la mejor manera posible la tentación que era la Luna para ellos.

            Lentamente la oscuridad comenzó a tomar el control de la ciudad. Las luces eléctricas hicieron acto de presencia mientras el Sol se alejaba, llevándose con él la seguridad de las horas diurnas. Ciegos a lo que sucedía a su alrededor, los humanos buscaban de manera instintiva la seguridad de sus hogares. Las sombras se habían relacionado con sus peores miedos, con sus peores pesadillas, como si de alguna manera supieran que no estaban solos cuando caía la Noche. Era un miedo instintivo a lo que no se podía ver ni entender, un miedo que había hecho que se formaran leyendas que intentaban advertir de que había monstruos que podían aparecer debajo de la cama o en el armario, que había seres sedientos de sangre que salían para satisfacer sus necesidades o seres mitad humanos mitad bestias que con la luz de la Luna Llena mostraban su verdadero rostro, destrozando a todo aquel que se pusiera en su camino. Leyendas que prevenían que era inseguro caminar a partir de determinadas horas y que la Luna Llena no era solo un espectáculo para ver por la noche, sino que traía consecuencias.

            Sin embargo, aquellas advertencias parecía que habían quedado en saco roto en una sociedad como era la de principios del siglo XXI. Las nuevas tecnologías habían hecho que pasear por la noche se pudiera hacer con la misma claridad que se hacía a la luz del día. La electricidad había sido una baza para vencer esos miedos endémicos. ¿Qué había que temer cuando la luz iluminaba cada uno de los rincones de la ciudad haciendo que pareciera que se estaba en pleno día? ¿Por qué preocuparse por seres que sólo habitaban en la fantasía de los más ancianos? Era una verdadera estupidez y la gente más joven hacía tiempo que se había olvidado de las advertencias de los mayores. Habían adoptado como algo normal que eran simple fantasía. La literatura, la música, el cine, habían sido los causantes de este descreimiento que hacía que se olvidaran de todo lo que habían enseñado.

            —Estúpidos, estúpidos humanos. —susurró el hombre mientras se apoyaba en la barandilla de su ático de lujo en uno de los lugares más céntricos de Seúl mientras observaba cómo se movían bajo su mirada. como si fueran pequeñas hormigas que podía aplastar con su pie si así lo deseaba.

            “¿Realmente creías que solo eran sueños o pesadillas provocadas por mentes demasiado fantasiosas? Error. Un error que puede llegar a ser fatal. Mira de nuevo, observa una vez más a tu alrededor, fíjate en cada uno de los detalles que te puede dar una pequeña pista de lo que en realidad está sucediendo. ¿Ves a ese hombre demasiado pálido de allí? ¿O aquel que en su mirada refleja algo más que simple pasión? ¿Qué me dices de aquella mujer que siempre tiene suerte, pase lo que pase, como si estuviera tocada por los hados? Oh, vamos, no seas tan ciego como el resto de los humanos y sé capaz de mirar más allá de una realidad que está rompiéndose a pedazos a cada segundo que pasa”.

            —Al menos algunas veces dicen cosas con un poco de sentido. —comentó para sí con clara ironía el hombre girándose para cambiar el canal de la radio que estaba escuchando. Pronto la música clásica se comenzó a escuchar en los rincones de aquel lugar.—Aunque sean simples desvaríos de un pobre loco de una cadena de prensa amarilla. ¿Quién te va a tomar en serio? —se burló del locutor como si este fuera capaz de escucharlo.

            Alzó entonces el rostro hacia esa luna que comenzaba a alzarse en el cielo nocturno y una pequeña sonrisa curvó sus carnosos labios rojizos que contrastaban con total claridad con la tez demasiado pálida, demasiado perfecta para ser humana. Luna Azul. El momento perfecto, la noche en la que todo el mundo parecía que había perdido la cordura. La policía y el hospital estarían tan ocupados aquella noche que sentirían que todo se les iba encima. Y sabía que iban a tener más de un caso “sin resolver” por falta de pistas, por imposibilidad de hechos, porque era prácticamente una locura lo que las pistas decían, imposible de conciliar con lo que la lógica dictaba.

            Oh, bendita racionalidad que impedía que vieran lo que había más allá de sus propias narices y de sus consideraciones. Era tan fácil que a veces resultaba extremadamente aburrido. ¿Dónde estaban esos humanos de hacía siglos que intuían lo que pasaban y sabían que tenían que tener cuidado cuando salían por la noche? Se habían esfumado. Cada vez eran más los que se mofaban de los conocimientos antiguos, los que consideraban que su existencia no era más que fantasías estúpidas para asustar. No estaba muy seguro si aquello era algo que le gustaba o que le jodía, golpeando directamente a su ego. Y de eso tenía mucho.

            La noche se presentaba delante de él como un regalo que estaba dispuesto a disfrutar, a tomarla con sus manos y exprimirla sacándole todo el jugo que pudiera. Quizá hasta de manera literal. Una nueva sonrisa se deslizó por sus labios, pero no llegó a iluminar esos ojos rasgados y oscuros que miraban con demasiada frialdad a su alrededor. Sí, aquella noche era perfecta para hacer todo aquello que no hacía de forma habitual por miedo a las represalias. ¿Había dicho miedo? En realidad esa era la excusa que ponía; la realidad era que después había que limpiar demasiado y él no estaba dispuesto a ensuciarse las manos en aquellos asuntos tan mundanos.

Sin más, se internó en el interior del apartamento y salió del lugar dejando tras de él el sonido de la música que se encontraba en el hilo musical y que no se había molestado siquiera en apagar.

jueves, 4 de octubre de 2012

{OneShot} Todos y cada uno de los días.





Título: Todos y cada uno de los días.
Personajes/Pareja: Yunho, Changmin.
Rating: PG.
Género: Angst.
Resumen: Los recuerdos aparecen cuando menos te lo esperas y en ocasiones es buena idea dejar que simplemente fluyan.
Disclaimer: Por mucho que me gustaría lo contrario, se pertenecen a ellos mismos.

—Así era ¿verdad?, así era como teníamos que hacerlo todos nosotros, así era como tocaba vivir, ¿no es cierto?. — la voz del hombre joven hizo que su amigo alzara el rostro para mirarle.
—¿A qué te refieres?
—Hyung... no te hagas el tonto. —el reproche en la voz de su amigo hizo que por fin Yunho cerrara el libro que tenía entre las manos y le mirara a los ojos. —¿Nunca te has preguntado qué hubiera pasado si nos hubiéramos ido con ellos?
—Todos y cada uno de los días que llevamos en este infierno, Changmin. —el líder se incorporó entonces y se acercó hasta donde se encontraba su compañero observando la ciudad. El más alto no se movió mientras su mirada se paseaba por todo lo que había bajo él como si fuera lo más interesante y emocionante del mundo. —¿Por qué me lo preguntas ahora? ¿Tienes dudas de nuestra decisión?
—-Todos y cada uno de los días. —-susurró el hombre más joven, volviendo por fin la mirada oscura en dirección hacia Yunho, repitiendo lo que hacía un momento había dicho su líder y la persona en la que más confiaba con creces en aquel mundo de locos en el que había entrado demasiado pronto. —Todos y cada uno de los días me pregunto por qué nos quedamos aquí cuando lo único que hacen es explotarnos, cuando terminamos tan agotados que terminamos enfermando y muchas veces no somos capaces siquiera de llegar a nuestra habitación.
—Podías haberte ido con ellos, Min. —la mano de Yunho se apoyó en el hombro de su amigo y compañero esperando que se apartara como solía suceder ante el contacto, pero sin embargo no lo hizo.
—¿Y dejarte solo? ¿Por quién me tomas? —-una media sonrisa apareció en sus labios mientras que encaraba completamente al otro y se ponía de perfil hacia la ventana por la que había estado mirando hasta hacía apenas unos instantes. —Además esto es mucho más divertido, ¿acaso para muchos no somos los malos de la película?

La ceja izquierda de Yunho se arqueó entonces en una pregunta muda mientras observaba al más joven, sonriendo de medio lado. Sí, para algunas personas no dejaban de ser unos “vendidos” que se habían quedado mientras que los otros tres se habían marchado buscando su propia libertad, buscando mejorar unas condiciones de un contrato exclavista que, sin embargo, los cinco conocían perfectamente cuando lo firmaron. Era estúpido, también, pensar que ninguno de los dos que se encontraban en aquella habitación sabían el tema de la demanda, sólo que habían decidido tomar un camino que los llevaría en dirección a otra historia completamente diferente.

—¿Así que es por eso? ¿sólo por eso? —el rostro masculino del líder realizó una pequeña mueca que buscaba mostrar que estaba compungido, pero pronto una sonrisa apareció en esos labios que las fans fantaseaban con besar. —¿No es porque me tienes cariño ni nada por el estilo y no me querías dejar solo?
—Sigue soñando, Hyung. —los labios del menor se curvaron en una media sonrisa mientras le miraba a los ojos acto seguido mucho más serio. —Sabes que no me gustó, para nada, lo que sucedió.

Yunho negó brevemente. Demasiadas cosas habían sucedido y demasiado peso había terminado por colarse en los hombros del menor. Por mucho que había intentado protegerlo, por mucho que había buscado las formas en las que el maknae del grupo no sufriera, lo cierto es que no lo había hecho nada bien. Había visto cómo se marchitaba en cierta manera dolido por la traición, por la marcha de esos hombres que se habían convertido en tres de las personas más importantes de su vida y que de un día para otro, aunque no había sido en realidad así pero era cómo lo habían notado, se habían marchado dejándolos atrás. Changmin no llevaba demasiado bien aquello y se había enfadado, había destrozado todo lo que tenía a su alrededor y había estado semanas que apenas hablaba dentro de su propio dolor, alejando incluso a la única persona que todavía le quedaba y que había caminado de puntillas a su alrededor intentando no molestarlo cuando él mismo se encontraba roto por dentro.

Quizá en su caso el dolor había sido mayor. No, no mayor, pero sí diferente. La última vez que había visto el rostro pálido de JaeJoong, que había podido cruzar sus ojos con los oscuros como si fueran dos pozos sin fondo del mayor, Yunho supo que todo había terminado y que tenía que tomar las riendas de su propia vida de la misma manera que él había hecho con la suya. Le dolió en el alma ver la mirada culpable de Yoochun y el gesto serio de Junsu mientras tomaba la maleta para salir del apartamento que durante tanto tiempo habían estado compartiendo. Era como si le hubieran arrancado parte de su propia alma y se la hubieran llevado consigo en el mismo momento en el que la puerta se cerró detrás de sus espaldas. Sin embargo, no se había hundido. No tenía derecho a hacerlo. Todavía había alguien a su lado que lo necesitaba, el mismo que en esos momentos le miraba con curiosidad por el silencio repentino que había caído sobre la conversación.

—¿Hyung? —la voz cargada de duda de Changmin hizo que Yunho le mirara, negando por un momento mientras dejaba una pequeña palmada en su hombro en un gesto lleno de cariño.
—Estoy bien, no es nada. —le tranquilizó esbozando una sonrisa a su compañero. —-Venga, vayamos a comer algo.

Changmin observó cómo su amigo se giraba para adentrarse en el salón, cogiendo en el camino hacia su habitación el libro que había estado leyendo. Aquel libro se lo había prestado hacía más de un mes y no había avanzado más allá de las primeras páginas. Sabía demasiado bien lo que hacía Yunho mientras supuestamente estaba leyendo. En un gesto casi de frustración, Changmin se separó de la ventana para dirigirse hacia su propia habitación y a sus propios pensamientos. ¿Estaban haciendo lo correcto? Aquella pregunta se repetía una y otra y otra vez en su mente como si fuera un mantra. ¿Lo estarían haciendo?

En cuanto encendía el ordenador y se conectaba a internet la información sobre ellos aparecía golpeándolo como si fuera un puñetazo y sentía un dolor de lo más físico. Aunque ya no sentía la misma rabia que al principio cuando se fueron, la sensación de abandono persistía aunque hubiera jurado y perjurado que no sentía nada, que aquello había sido solo algo momentáneo y que se encontraba perfectamente tal y como se encontraba en ese momento. Había luchado para desprenderse de ello. Sus hyungs habían decidido después de demasiados enfrentamientos que habían hecho que sangraran, quizá no físicamente, quizá no literalmente, pero desde luego metafóricamente lo habían hecho más de una vez. 

Les iba bien y debería alegrarse, sin embargo en ocasiones su parte más mezquina hubiera deseado que no fuera así porque entonces no dolería tanto verlos a todas horas, cada momento, cada día. Porque si les fuera mal habrían desaparecido del mapa y no vería cómo los ojos de Yunho se cargaban de melancolía y de tristeza cuando les veía aparecer de la nada en una página de internet, en un anuncio. Porque su corazón no latería con fuerza, como si estuviera a punto de salírsele del pecho, cuando escuchaba alguna de sus canciones. Porque era capaz de reconocer cada una de sus voces aunque no quisiera y se metían tan adentro en su cabeza —y en su corazón, aunque se negara a confesarlo a alguien y mucho menos a Yunho— que tenía que controlarse para no ir cantándolas por la casa o tararéandolas cuando iban en la van a cualquiera de los lugares donde tenían que rodar.

Se esforzaba cada día para intentar mostrar indiferencia. Era fácil hacerlo, siempre se le había dado bien no mostrar lo que pensaba y lo que sentía, tenía esa ventaja sobre Yunho. Su Hyung era demasiado obvio en ocasiones, al menos para él. Podía leer con claridad en sus ojos y ver cómo estaba pensando en ellos. Incluso a veces creía que podía tener telepatía porque sabía exactamente qué recuerdos se habían activado: una sonrisa, una ceja arqueada, una inclinación de su cuerpo, una mirada disimulada a algo en particular era lo único que necesitaba para darse cuenta de qué tenía su amigo en la cabeza y con qué lo estaba relacionando. 

Esos días, en especial, estaba pensando en Jae aunque no era algo que le sorprendiera. En realidad era lo normal. Por mucho trabajo que tuvieran siempre había un momento para saber en qué estaban metidos esos tres. Negó brevemente mientras salía de su habitación para acercarse al baño y cerrar la puerta detrás de sí. Miró entonces su reflejó por un momento, antes de inclinarse ligeramente para lavarse las manos y se detuvo durante un instante observando cómo el agua se deslizaba entre sus dedos. ¿Por qué no podían ser así los recuerdos? Aquellos que atesoraba como si tuviera miedo a que se fueran y que sin embargo les hacían tanto daño que eran saetas que se clavaban de forma profunda en su interior. Sería tan fácil entonces... pero no, aquellos recuerdos permanecían una y otra vez en su mente, volviendo cuando menos lo esperaba y cuando ya creía que los había olvidado. Como Yunho, él tampoco los había olvidado y todo parecía que le recordaba a ellos de una manera u otra.

¿Eso era ser los malos de la película? ¿por quedarse con la SM? Todos pensaban que habían tomado el camino más fácil, el quedarse en la empresa que los había “creado” y simplemente seguir con lo que habían estado haciendo hasta ese momento. Ni todo era blanco, ni todo era negro. También habían tenido sus problemas y habían visto cómo los mismos que les apoyaban les giraban la espalda. Habían sufrido el desprecio de algunos fans que habían preferido marcharse. No les podía culpar, cada cual tenía sus gustos, pero el más joven de los cinco había sufrido por aquello. Había decidido evitar determinadas páginas e, incluso, durante una temporada había procurado estar lo más desconectado posible.

Hizo un cuenco con sus manos para hacer que el agua cayera en sus manos y después se lo llevó al rostro para aclararse las ideas, como si al notar el agua fría eso fuera posible. Con el cabello humedecido volvió a clavar su mirada en el reflejo que el espejo le daba y negó brevemente. ¿De verdad era él? Estaba cansado, tan cansado que podía reflejarse en el rostro limpio del maquillaje, en las marcas demasiado profundas, en las ojeras que apenas podía disimular ya. Dormía poco y, a pesar de que siempre tenía hambre, comía mucho menos que antes o de peor calidad. En eso, como en tantas otras cosas, echaba de menos a JaeJoong. Apoyó la mano en el cierre del grifo y lo cerró mientras se acercaba a una de las toallas para secarse las manos antes de salir por la puerta del baño. 

Yunho observó a Changmin salir de aquella habitación en la que había estado más de lo normal y vio cómo el menor se dirigía hacia el salón de nuevo. Fue entonces cuando se permitió salir de la suya mientras cerraba detrás de sí. No eran muchas las ocasiones en las que el hombre más alto dejaba mostrar parte de lo que pasaba por su cabeza y por su corazón. Para todos era indiferencia, pero él pronto había descubierto que en realidad era su forma de proteger un corazón que a veces podía ser demasiado sensible. Si no fuera de esa manera no le hubiera importado y dolido tanto que se fueran. Respiró hondo porque él sabía perfectamente que no podía disimular de la igual manera aunque lo intentara.

Sacudió brevemente sus manos en las perneras del pantalón que llevaba y se dirigió entonces hacia la cocina. Al pasar por el salón pudo ver que de nuevo Changmin se encontraba en la ventana perdido en sus propios pensamientos. Fuera ya era de noche y apenas podía ver nada salvo las luces de la ciudad, una ciudad que se encontraba en plena efervescencia mientras que en aquella casa todo parecía ir lento, demasiado lento, incluso el propio tiempo. Sabía que en realidad no necesitaba ver más allá del cristal puesto que estaría rememorando alguna situación, algún momento, quizá alguna tarde-noche similar a aquella.

Había algo que había cambiado de manera significativa y era... el silencio. Cuando estaban los cinco la casa siempre estaba en movimiento, siempre había ruido, siempre había gente que iba y venía, que hablaba, reía, escuchaba música o jugaban, que peleaban, se gritaban y bromeaban. Sin embargo, aquello había desaparecido en el mismo momento en que aquella puerta se había cerrado detrás de su espalda dejándolos fuera, a pesar de que se encontraban en el interior del apartamento y ellos eran los que se iban. Había sido una barrera tanto física como mental, sobre todo esta última. Una barrera muy difícil de superar y que incluso en esos momentos era imposible hacerlo. 

Negó para sí y se acercó hasta uno de los armarios. Se podía imaginar que Changmin tenía hambre y no era el único. Habían estado preparando el comeback que sería en unas semanas y acaban como quien dice de llegar de un verano cargado de actuaciones y trabajos. Estaban agotados física y mentalmente, igual que les sucedía cuando estaban juntos, pero con la diferencia de que ahora no se podían apoyar los unos a los otros. Solo quedaban ellos dos. Y esa realidad le golpeaba cada vez que se quedaban entre aquellas paredes. Quizá por esa razón ambos se habían volcado en el trabajo y habían decidido seguir trabajando duro. Quizá por eso Japón se había abierto como una posibilidad alejada, y a la vez cercana, donde poder ser ellos mismos. Quizá por eso tenían un acuerdo tácito por el que determinados temas no se hablaban y sus nombres no eran pronunciados.

Se movió para poner a calentar el agua para los noodles que prepararía, sacando después sendos cubos de cartón abriendo las tapas hasta la mitad, sacando las bolsitas de las distintas especias y de los palillos desechables que no utilizarían. No era la mejor de las cenas, pero era rápida y habían aprendido a vivir con aquello. Echaba de menos a JaeJoong... no porque estuviera preparando la cena de aquella manera y echara de menos lo que él cocinaba, sino porque era como si le hubieran arrancado el corazón del pecho, destrozado y vuelto a meter de cualquier manera. Se había apoyado en él más que en el resto quizá, porque creía que podía hacerlo, porque creía que él lo entendía y que siempre estaría a su lado. Había sido, sin duda, la despedida que más le había dolido. El adiós que más amargo le había sabido cuando se había producido. Incluso tras tantos años seguía creyendo que en cualquier momento la puerta se abriría y aparecería de nuevo por ella, con una sonrisa en los labios, le arrebataría lo que tenía entre las manos y se pondría él a cocinar algún plato que se le ocurriría en el momento.

Esto no podía seguir estando así, deberían dejar esa melancolía, sin embargo era mucho más fácil decirlo que hacerlo. Apretó la mandíbula con fuerza y miró el contenido para asegurarse que no se había confundido puesto que había puesto el “piloto automático” y en más de una ocasión había armado un desastre. Lo único bueno es que entonces estarían entretenidos porque si había algo que Changmin odiaba era que le destrozaran la comida, aunque fuera algo tan sencillo como lo que estaba haciendo en ese momento. Se acercó hasta donde se encontraba el agua, que ya estaba hirviendo, y con cuidado de no quemarse lo vertió en ambos contenedores cerrándolos después poniendo los palillos de metal sobre la tapa. En aproximadamente cinco minutos más podrían cenar.

¿Qué estarían haciendo? A pesar del tiempo, a pesar del espacio, a pesar de que ya no fueran la misma unidad musical, para Yunho había algo que era cierto: eran su familia y por tanto él tenía la obligación, y también el derecho, de preocuparse para que lo estuvieran haciendo bien. Ellos también habían tenido un verano de lo más ocupado, entre dramas, conciertos y fanmeetings. Lo sabía porque aunque no estaba tan pegado al ordenador como Changmin, también entraba de vez en cuando para ver qué era lo que sucedía en internet con ellos. 

Cuando tenían tiempo, por supuesto, y no quería llegar a ese lugar para darse una ducha y meterse directamente en la cama, muchas veces arrastrándose.

—Hyung.

La voz de Changmin demasiado cerca hizo que volviera la mirada hacia su derecha donde se encontró a su compañero mirándolo con el rostro serio, los ojos oscuros quizá demasiado brillantes y los labios apretados en un gesto que indicaba que había demasiados demonios en su interior que buscaban ser ocultados. Alguien tan joven no debería haber sufrido tanto, no debería haber vivido todo lo que había tenido que vivir, todo lo que había tenido que soportar. Sabía que le habían arrebatado su juventud, de la misma manera que lo habían hecho con todos ellos, pero para él la de Changmin había sido la peor de todas porque había sido, en cierta manera, su responsabilidad. 

Las miradas de ambos se mantuvieron durante uno, dos, tres minutos sin que ninguno de los dos hablara. ¿Estaban analizándose? No, solo estaban comunicándose sin palabra porque era algo que habían aprendido a hacer hacía mucho tiempo. Llevaban tanto tiempo juntos que ya no era necesario palabras, no la mayor parte del tiempo al menos. Fue Changmin el primero que apartó la mirada y la fijó en lo que iban a cenar aquella noche apoyando las manos en la superficie de mármol y mirándose las uñas cuidadas de sus largos dedos como si fuera lo más interesante del mundo. Tenía los hombros ligeramente caídos y tuvo que carraspear antes de poder hablar como si hubiera algo que se le había atascado en la garganta y fuera difícil, muy difícil, sacar fuera. Cuando habló su voz fue más baja de lo habitual, casi un susurro que hizo que Yunho tuviera que acercarse un par de pasos para poder escucharlo con claridad.

—¿Los echas de menos, Yunho?
—Todos y cada uno de los días, Changmin... todos y cada uno de los días.
—Yo también... —el menor alzó la mirada intentantando aparentar fuerza. —pero jamás se lo digas.
—No lo haré yo, serás tú quien tenga la oportunidad de hacérselo ver.

Fue entonces cuando sonrieron, una sonrisa compartida que por fin llegó a sus ojos, a los de ambos, mientras quedaban cara a cara. Porque si había algo que se recordaban, cada día, es que en algún momento toda aquella pesadilla terminaría y entonces podrían volver a ser como antes. Se dieron entonces una palmada en la espalda como dos viejos amigos, tal y como eran, se sentaron en las banquetas de la barra americana donde Changmin había estado apoyado y tomaron los palillos dispuestos a cenar. Una nueva sonrisa, un par de palabras más que sonaron a broma y borraron la sensación de pesadez que había aparecido durante toda la tarde. 

Tenían una esperanza que jamás se apagaría, que siempre permanecería, una esperanza que estaba allí intacta, dispuesta para ellos. Porque siempre, pasara lo que pasara, había algo que nunca perderían: la fe. La fe en que podrían volver a encontrarse, la fe en que ellos, estuvieran donde estuvieran, pensarían en ellos de la misma manera que lo estaban haciendo en ese momento y también dirían que los echaban de menos... todos y cada uno de los días que estaban separados.

martes, 2 de octubre de 2012

{Original} Cacería Nocturna




Título: Cacería Nocturna.
Personajes/Pareja: OC, Alana.
Rating: PG.
Género: Original, Sobrenatural.
Resumen: Se aburre, tiene hambre... y no se le ocurre mejor cosa que salir a divertirse en una curiosa cacería nocturna.
Disclaimer: Alana Sheridan es un personaje original creado hace bastante tiempo que de vez en cuando aparece para tocarme las narices y realizar relatos... como este, ejem, que escribí ya hace unos cuantos añitos.

Caía una cortina de agua de fina lluvia, que empapaba el oscuro cabello de la mujer que no se preocupaba en llevar ni paraguas ni una cazadora para protegerse. Caminaba por el centro de la calle como si fuera la dueña de la ciudad y si estuviéramos en Vancouver, la verdad es que eso hubiera sido en parte real o al menos bastante factible. A lo lejos se escuchó el pitido del tren alejándose y una media sonrisa gatuna apareció en los labios al pensar en la muchacha de ojos azules que seguramente estaría resguardada en algún rincón de la estación del cielo gris.

Estaba hambrienta. Llevaba demasiado sin alimentarse y casi podía oler la sangre, casi podía escucharla recorrer las venas de las personas que se cruzaba en su camino. Esa necesidad de alimentarse era lo único que la molestaba de haberse convertido en vampiro, le gustaba demasiado la comida humana - y la bebida -, pero odiaba de manera significativa el no poder mantenerla en el estómago. Que sí, que podía tomar un trago de whisky, pero sabía que apenas unas horas después tenía que deshacerse de ello – por llamarlo de una manera educada -. Con lo que había disfrutado con la incorporación del cacao a la dieta Europea…

Eran las 22:30 de una noche en la que parecía que todo el mundo había decidido disfrazarse, como si estuviera en mitad de un Carnaval perpetuo y a deshora. No terminaba de entender esa necesidad de salir a divertirse con penes en la cabeza bamboleantes que lo único que decían era: soy gilipollas y fácilmente me puedes abrir de piernas. Podía entender la lujuria, ese delicioso pecado y vicio al que había estado dedicada buena parte de su existencia, pero no entendía la vulgaridad en la que había caído la época en la que vivía.

Para algunas cosas era realmente anacrónica. ¡Quién iba a decirlo!.

Una puerta se abrió en algún lugar y pudo escuchar el rumor de la conversación, la música del momento golpeando con fuerza contra sus tímpanos, sus ojos se giraron en esa dirección y arrugó brevemente la nariz; era como si miles de zombies estuvieran moviéndose al ritmo de una música macabra que no tenía ni pies ni cabeza. Puro ruido. Vale, esa noche se había levantado refunfuñona, pero quién no iba a hacerlo con sus despertares. Sí, iba a tener que llamar a Ligeia más tarde para ver si estaba libre o ir a molestar a Garia.

Sus pasos, como si fueran dirigidos por el destino, se encaminaron a la cueva de los zombies y se coló en el interior al tiempo que buscaba adormecer sus sentidos para no volverse loca. Un oído demasiado fino provocaba una enorme jaqueca en lugares como aquel. Cuando se aseguró que no había peligro, léase otros seres no humanos en el perímetro, se relajó lo suficiente como para desatar el largo abrigo de cuero y mirar a su alrededor a través de las gafas oscuras. 

Era todo una farsa que buscaba el autoengaño de los que entraran en aquel cubículo. Buscando el lujo intentaba imitar al Vollmond con sus características singulares de club del siglo XIX inglés, con amarillos –porque aquello no era dorado ni de casualidad – en lugares que hubiera sido mejor no verlos y rosas y cremas por doquier. Y la música rompía aquel espectáculo como si estuviera en un videojuego malo y hubiera una invasión de espectros con ropa demasiado corta y las hormonas revolucionadas.

Las luces daban una mala impresión, desde luego. Alguien debería llamar a la Asociación del Buen Gusto. Ya sabía dónde no llevar a nadie en su vida.

Una mueca sardónica apareció en sus labios mientras se encaminaba hacia la barra donde adolescentes conseguían que sus cerebros se derritieran hasta límites insospechados debido al alcohol y a las drogas. No extrañaba para nada a la vampira que después se convirtieran en poco más que una ameba en algún rincón tirados. No había nadie a la vista que le llamara la atención y para comenzar una cacería era muy, muy especial.

Fue en ese momento cuando su mirada se fijó en una mujer que brillaba con luz propia, de ese tipo de personas que saben que tienen todas las miradas a su alrededor, que pueden comerse el mundo. Tenía la piel de color chocolate y los ojos casi dorados, la ropa minúscula y una larga melena oscura que se movía a su alrededor como una cortina de bucles perfectamente peinados. Todas las miradas estaban puestas en ella y lo mismo hizo la cazadora, observando cada uno de esos movimientos perfectos, cada uno de esos pasos que hacían que su cuerpo fuera una auténtica arma de seducción.

Y no pudo evitarlo, se movió hacia delante para adentrarse en la pista de baile y comenzó a bailar con ella, sabía que no sería rechazada, lo sabía porque nadie en su sano juicio lo haría, porque aquella era su noche y aquella era su presa, porque sabía que con un solo beso en la comisura de los labios, en el cuello, en la oreja caería a sus pies.

Porque era un vampiro y como tal era el mayor depredador que existía en aquel momento en todo el mundo.

 

Hilos Tejidos